lunes 16 de noviembre de 2009

De críticas y fracasos

Este ha sido un fin de semana de fracasos. Fracaso literario tras los desastres del Teseo y el Tierra de Leyendas, fracasos roleros después de las dos sesiones decepcionantes de estos dias, de las que tal vez os hable mañana. Busco aficiones que me hagan olvidar los problemas y al final no me dan más que disgustos. En fin.

Lo bueno de los concursos que menciono arriba, fallados con jurado popular, son los comentarios a los relatos. Soporto las críticas relativamente bien, la gran mayoría me hablan de fallos que ya conozco o que veo claramente después de que me los han señalado. Si sé donde esta el fallo se puede corregir, los aciertos te dejan satisfecha pero es de los fallos de donde se aprende.

Hay críticas que sí duelen, las que me acusan de no trabajar los textos. No entiendo cómo se puede despreciar así el trabajo de una persona que no conoces, sin saber cuántas horas le ha dedicado ni el trabajo que le ha costado hacer eso que se desprecia con tanta facilidad.

Los turnos en las partidas de rol apenas los trabajo, los escribo al momento y los cuelgo, todo va sobre la marcha, sin pensar demasiado, dejándome llevar. Alguno lo trabajo un poco más y lo reescribo si el efecto conseguido no me termina de gustar, me pasa algunas veces, cada vez más, quizás, pero eso es otra historia.

Los relatos sí los trabajo, puedo tirarme un mes para escribir un triste relato de tres páginas. Reescribo, retoco, cambio las comas de sitio, le doy vueltas y más vueltas a los finales que siempre me cuestan más. Pueden ser mejores o peores, los fallos están ahi y muchas veces los veo y tiro la toalla o siento que al reescribirlo lo estoy estropeando más.

No elegir las palabras adecuadas no significa que les tenga miedo, que haya cosas equivocadas no significa que no haya intentado corregirlas, que el resultado final sea mediocre no significa que no haya mucho trabajo detrás.

domingo 15 de noviembre de 2009

[Relato]¿Por qué llora Medusa, La Gorgona?

Este relato lo escribí para el III certamen de Microrrelatos Teseo, que terminó ayer (mejor no os digo en qué puesto quedé, un desastre). El certamen consistía en escribir un microrrelato contestando a la pregunta: ¿porqué llora Medusa, la Gorgona? Y esta fue mi respuesta.


Medusa - Arnold Böcklin


UNA HEBRA DE PELO


Todos los días sentía cómo las serpientes que nacían de su cabeza tiraban de ella, se agitaban en un baile eterno intentando escapar del cráneo que las apresaba. Medusa notaba los tirones, sentía cómo la arrastraban hacia las ramas de los árboles donde podían enroscarse para intentar alejarse de ella. Aguantaba las sacudidas porque al final siempre cedían y volvían a agitarse alrededor de su cabeza.

Cuando sus cabellos dormían sentía el peso muerto de las docenas de serpientes cayendo en cascada sobre su espalda. Los sueños de las serpientes a veces poblaban sus noches de vigilia ¿o eran suyos los sueños? Medusa veía un mundo donde huir, un lugar donde arrastrarse lentamente sobre la tierra seca, buscando piedras bajo las que esconderse. A veces se tendía sobre la hierba húmeda del jardín y ellas intentaban alejarse. Medusa entonces dejaba escapar alguna lágrima cuando sentía los fuertes tirones, porque dolía, porque tanto ellas como las serpientes estaban atrapadas y no podían escapar.

Aquella tarde su cabello estaba dormido y pesaba, Medusa paseaba por el jardín con la cabeza baja y muy quieta para no despertarlas, alguna se agitaba en sueños y siseaba. Medusa pasó junto a un viejo y retorcido olivo y una de las serpientes se enredó, por casualidad, entre las ramas. La serpiente no despertaba. Medusa intentó desenredarla pero no podía. Sentía el tirón en su cabeza. El dolor era intenso, pero lo aguantaba, redobló su esfuerzo pero la serpiente parecía enroscarse cada vez más en aquella rama, abrazándola con fuerza. Medusa entonces la miró y la soltó. Abandonó sus esfuerzos para que se soltara y lo que hizo fue tirar y tirar de ella, intentando desprenderla de su cráneo, arrancarla de cuajo y darle la libertad que ansiaba. Aguantó el dolor, ignoró las gotas de sangre que comenzaron a resbalar por su frente. Tiró, una y otra vez, y al final la serpiente se desprendió de su cabeza.

La serpiente aflojó el abrazo que la unía a la rama y cayó al suelo, muerta.

Medusa la miró, la sangre ya no resbalaba por su frente, notaba cómo la herida de la cabeza comenzaba a cerrarse y una nueva serpiente, pequeña y débil todavía, comenzaba a brotar de ella. Entonces se agacho junto a la serpiente muerta. Y lloró.

martes 3 de noviembre de 2009

[Relato] El vino de Hargoth

Escribí este relato hace ya algunos años, como novedades hay pocas últimamente, aprovecho y lo recupero. Está ambientado en Dragonlance, aunque aparte de la referencia a Morgion, dios de la enfermedad, podría estar ambientado en cualquier otro sitio.



EL VINO DE HARGOTH


A veces echo de menos sus ojos, cálidos y expresivos, oscuros como el vino de Hargoth. Ojos que me miraron con miedo y con respeto, preguntándose por qué yo continuaba en pie y él no. Tocó mi piel con sus dedos ásperos y sintió la fiebre recorriendo mi cuerpo; las marcas de la enfermedad que nos corroía no eran ronchas secas en mi piel sino pústulas vivas, tan supurantes como las suyas. Y no lo comprendió. No, no lo comprendió.


Deliraba, con ese delirio que te deja abrir los ojos aunque no puedes entender nada de lo que sucede a tu alrededor. Hablaba en susurros, comentarios incomprensibles, absurdos, me pedía que moliera el trigo para llevarlo al mercado, hablaba de cosechas imaginarias cuando en nuestra tierra hacía tiempo que no creía nada. Me decía que me cuidara y acariciaba mi vientre donde tú estabas, vivo, más vivo que nosotros aunque aún no hubieras nacido.

La comadrona vino a vernos una tarde, era una mujer enorme, oronda, con el pelo blancuzco y grasiento y la boca cubierta con un pañuelo. Me dijo que no nacerías, que si llegabas a nacer de mi vientre saldría un monstruo deforme y enfermo, pero yo sabía que no era verdad. Me lo habían prometido. Ella miró con codicia el medallón que colgaba de mi cuello. No sabía qué era. Ya nadie recordaba a los antiguos dioses, no sabía que aún estaban ahí, escondidos, riéndose de los que tan fácilmente los habían olvidado. Yo no olvidé, nunca, recordé las historias que contaban mis abuelos hablando de su infancia, en un mundo que no se había partido en dos. Recordé los nombres de los dioses verdaderos y me negué a creer que nos hubieran abandonado. Recé, sí, recé con el miedo latiendo fuerte en mi corazón. No voy a decir que pensaba en ti. Tú eras solo una molestia en mi vientre que me volvía torpe y débil. No, no pensé en ti. Pensé en mi. No quería morir.

El dios Morgion se lleva el dolor y el miedo a la muerte. Te lo quita y te deja vacía. No sientes nada aunque estés ardiendo de fiebre. El dios habló en mi mente y me conminó a alejarme de aquellas viejas paredes donde intenté crear un hogar, me habló de otros como yo, otros elegidos por el dios que se reagrupaban para servirlo y me esperaban.

Sabía que tenía que irme pero no quise hacerlo mientras él tuviera los ojos abiertos y buscara mi mano que estaba mucho más caliente que la suya. La comadrona puso a calentar unas hierbas y yo la dejé hacer, tranquila, porque sabía que pasara lo que pasara yo no iba a morir.

Me sentía fuerte, como antes de que aquella horrible enfermedad comenzara a acosarme, pero disimulé y dejé que la mujer me llevara en brazos hasta las roídas mantas que había dispuesto en el centro de la habitación. El humo de las hierbas relajaba mis sentidos y espantaba a las ratas. La comadrona dispuso pequeños cuencos con hierbas ardiendo en torno a la manta y acercó dos de ellos a mi cabeza. Aspiré el intenso aroma y miré el cuello de la mujer, oculto entre anillos de grasa. Me sorprendía que pudiera ser tan fuerte pero ella no lucía ningún medallón en su cuello. La mujer simplemente miraba codiciosamente el mío.

Llevaba semanas luchando con la fiebre y mi cuerpo se había consumido hasta parecer de cristal. Aquella mujer me cogió entre sus brazos como si yo fuera una muñeca rota y sólo mi vientre hinchado parecía escapar de la cadavérica imagen de la muerte.

-No es cierto -me dijo-, tu vientre también está muerto, no sobrevivirías al parto.

Miré hacia la cama. Él se había quedado quieto. Murmuré su nombre y volvió la cabeza, mirándome con aquellos ojos oscuros que todavía podían hacerme temblar, intentó sonreír, darme confianza, pero sus labios resecos solo consiguieron fingir la mueca. Yo sabía que estabas vivo, eras lo único vivo que sentía dentro de mi, lo único que me ataba a mi anterior existencia, lo único que me recordaba que no siempre había llevado el símbolo de Morgion en mi garganta.

El dios no reclamó tu vida. Se la hubiera dado con gusto pero no la pidió. Era otra forma de hacerme estar en deuda con él. No, pensé, pagué y pagaré por mi vida, no por la de mi hijo. Con cuidado, acerqué mi mano hasta el cuerpo de la comadrona que extendía su instrumental a mi lado. Fue la primera vez que lo hice, mi primera vez. La rocé con uno de mis dedos y murmuré una plegaria a Morgion. Sentí el poder del dios en mi interior y me sentí poderosa y fuerte. Supe entonces que nunca me arrepentiría de mi decisión.

La comadrona calentó el cuchillo en el fuego hasta que la hoja adquirió reflejos rojizos. Se acercó a mi y rajó mi vientre de arriba abajo, de un solo corte. La sangre comenzó a salir a borbotones de la profunda incisión pero a la mujer no pareció preocuparle. Con movimientos precisos y seguros, la mujer introdujo sus manos en mis entrañas y te arrancó de ellas.

Eras una masa informe, rodeada de coágulos de sangre y con el cordón umbilical enroscado en torno a tu cuerpo. La comadrona lo cortó con el mismo cuchillo y te dejó en el suelo, a mi lado, para cerrar sin demora la herida abierta.

Mi cuerpo no hubiera soportado un parto, decía ella, pero quizás tampoco soportaría la brutal herida que me había inflingido. Te miré con odio. Me habías destrozado, habías consumido mi cuerpo tanto como la enfermedad, te habías alimentado de él y me habías dejado seca. Incluso te habías llevado la sangre que me quedaba al salir de mi. Y, sin embargo, estabas vivo.

Tu respiración era débil, entrecortada, parecía detenerse completamente para luego continuar. ¿Cómo iba a amamantarte con mis pechos secos? Di un manotazo para apartar a las ratas que se acercaban de nuevo al olor de la sangre y te acerqué a mi cuerpo. Estabas frío. O tal vez era que yo estaba ardiendo. La comadrona terminó de cerrar la herida y me miró con expresión satisfecha. Había hecho un gran trabajo. Me había salvado la vida. Tú no ibas a matarme, hijo mío, sólo me mataría la enfermedad. Pero ella no podía esperar. Había trabajado bien, quería cobrar por sus servicios.

Sentí el tirón en mi cuello cuando intentó arrancarme el medallón. Sentí un dolor mucho más intenso que cuando tenía las entrañas abiertas, era un dolor que atravesaba el alma y que me hizo reaccionar. Con una fuerza que a mi misma me sorprendió agarré la mano de la mujer y la retorcí hasta romper los dedos que atrapaban el sagrado símbolo que me había salvado la vida. De un manotazo la empujé y la oronda comadrona perdió el equilibrio y cayó, haciendo temblar el viejo suelo de madera bajo su peso. Tú empezaste a llorar. Yo me levanté y la sangre que aún goteaba de la herida resbaló por mis piernas formando caminos que se extendieron al suelo.

Quemaba. La sangre quemaba y yo cogí la cabeza de la comadrona y restregué su rostro contra mi vientre hasta que las quemaduras la hicieron gritar. Empecé entonces a entonar un cántico que no sabía que conocía, mi garganta estaba tan seca que salió como un estertor, las palabras no eran mías aunque las estaba pronunciando, el medallón emitía un brillo amarillento, enfermizo. La voz del dios habló por mi.

La solté y la dejé llorando en el suelo. Me volví a buscarte, mi pequeño hijo maldito, tan pequeño, no pesabas nada, te recogí y te llevé a la cama donde tu padre agonizaba entre sudores y pesadillas.


La comadrona intentó limpiarse el rostro con el delantal pero las quemaduras habían creado líneas oscuras en su cara. La mujer se levantó y me miró un momento, sin comprender nada.

En su rostro, bajo la piel quemada, se veían ya las señales de la peste. En sus manos, sus brazos, en todo su cuerpo la fiebre comenzaba a estremecerla. Ella sabía lo que le estaba pasando. Llevaba demasiado tiempo combatiendo la enfermedad para no reconocer sus signos. Gritó y me llamó maldita. Pero ella no se postraría en una cama, no agonizaría durante días. Moriría en cuestión de horas entre dolores atroces, el tiempo suficiente para que sufriera, el tiempo justo para que yo pudiera verla morir.

Intentó escapar, salir por la puerta, como si al salir de la casa pudiera escaparse de la mano del dios. Vi como se desplomaba junto al umbral, llorando, mientras su cuerpo robusto se consumía y su piel se desprendía ante sus ojos.

Morgion estaba complacido. Tu padre, cansado por la fiebre y el dolor, se sumió en un sueño tranquilo. Tu dejaste de llorar. Tu padre había cerrado los ojos y yo miré los tuyos buscando su sombra en ellos. Pero tus ojos son dos saetas verdes, como los míos, y no vi el reflejo del calor de tu padre en ellos.
A veces echo de menos sus ojos. Podía hablar con ellos cuando la enfermedad le quitó la voz. El hogar que había intentado crear estaba en sus ojos. Los abrió, por última vez.

Me miró.

Te miró.

Te miró y yo te odié.

Salimos de la casa aquella misma noche. Te envolví en trapos y nos fuimos de allí. Te dejé en medio del camino. No me importaba saber si alguien te encontraría o no. Tú destino no era el mío. Te di la única herencia que podía darte, la señal de Morgion. No morirás como murió tu padre. Era lo único que podía hacer por ti.

No te pareces a él. Te pareces a mi. Eso me da miedo. No esperaba encontrarte de nuevo. En mi interior, deseaba que hubieras muerto. Despiertas recuerdos que ya estaban dormidos y, sin embargo, no puedo evitar venir a verte, aunque tú no sepas quien soy ni lo sabrás nunca.


Mis ropas andrajosas no te impiden servirme vino de Hargoth cuando ves las monedas sobre la mesa, aunque no me tocas. Sin embargo, a veces, te he visto mirarme a los ojos
 
 
 
 
 
Picasso - Copa Verde
 
Nota: La primera imagen la saqué de un concurso de pintura y no conozco al autor. La segunda imagen es La mirada, de Odilon Redon

jueves 15 de octubre de 2009

El Ritual de Calistria

Mi personaje en la partida La Maldición del Trono Carmesí, Fahleena (noble1/clériga10 de Calistria) ha recibido una maza bendecida por dos diosas: Desna y Pharasma. El personaje desea que la diosa a la que sirve también le otorgue su bendición a la maza, para ello realiza un ritual que tiene como finalidad conseguir que la maza tenga la apariencia de un látigo, que es el arma de Calistria. Además la diosa (a través de nuestra maravillosa y generosa master) le concedió también a la maza la propiedad "Vengadora". Os dejo aquí el ritual.





Le prestaron una habitación para que llevara a cabo el ritual. Era pequeña y aún conservaba el aroma de los que habían estado antes en ella honrando a Calistria. Dos jóvenes acólitos la acompañaban y la ayudaron a encender los incensarios que no ocultaban, sino que resaltaban los olores de la habitación.

El roce de uno de los acólitos fue suficiente para encender sus sentidos. Le parecían suaves y sofisticados después de los rudos shoantis y buscó ella misma los roces que no eran casuales y que se iban haciendo más atrevidos.

Le habían prestado una túnica muy fina tejida con hilos gualdos, se había bañado con agua perfumada, un placer que había echado mucho de menos cuando se aseaba con tierra con el desierto. Se sentía rara sin la armadura puesta, en cierto modo libre pero también la echaba de menos.

-Es la responsabilidad, lo que pesa –se dijo y caminó hacia la mesa cubierta de fino encaje dorado que habían colocado en el centro de la habitación. Colocó la maza sobre ella. La maza de Coja, la maza de Alika, ¿se recordaría alguna vez como la maza de Fahleena?

La contempló un momento, un rayo de sol se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas y la iluminaba. Los acólitos terminaron de encender las velas y se acercaron a su lado, uno de ellos le tendió la máscara de cera. Fahleena la sostuvo entre sus manos mirándola. Era su rostro pero no era ella. La máscara de las ilusiones de Calistria, la apariencia de lo que no es.

Siempre había honrado los tres aspectos de Calistria, tanto el ardor del deseo erótico como el ardor de la venganza habían latido en ella alguna vez. Eran sentimientos que la encendían y aceleraban su corazón. El engaño en cambio era más amable, era el deseo de no hacer daño, de hacer feliz a la gente haciendo que oyeran lo que deseaban oír. Cubrió su rostro con la máscara de cera.


-La verdad duele demasiadas veces. Yo misma no soy capaz a veces de mirarla a la cara. Es mejor olvidar lo que hace daño, engañarse pensando que no existe el dolor. Yo lo he hecho durante un año, hasta que vi el espíritu de Zhanas delante de mí, pero me sigo poniendo la máscara para decir que he olvidado y que no echo de menos mirar a los ojos a alguien que me quiere.

Esparció dorados pétalos de caléndula alrededor de la maza. Una avispa entró por la ventana abierta y comenzó a revolotear sobre su cabeza. Fahleena era consciente del zumbido, pero cogió el medallón de Calistria con ambas manos y se concentró para establecer comunión con su diosa.

-Mi señora –rezó-. Hoy busco tu favor, tu señal de que el camino que estoy siguiendo es el correcto. Mis pasos me han llevado a las puertas de otras diosas, he comido con las hijas de Desna, he probado el sabor de los espíritus que no adoran a nadie, acepté la protección de un siervo de Pharasma. He conocido y he buscado. Y hoy vuelvo a tu seno porque ya no sé si mis pasos son los apropiados. Si mis deseos coinciden con los tuyos. No me has negado tu ayuda y tu favor y hoy doy un paso más y te pido tu bendición. Si mi camino es tu camino. Si deseas que mi arma sea guiada por tu mano, que sea tu divina furia la que salga de mi corazón cuando azote a mis enemigos con ella.

Fahleena
se quitó la máscara, sus manos no temblaban. La colocó sobre la maza, uno de los acólitos encendió una vela y la puso sobre la mesa, la avispa daba vueltas ahora alrededor de la llama.

-Uso dones de otros dioses. Acepto la ayuda que me han dado y los respeto, pero a quien sigo es a ti, Calistria, y es tu bendición la que deseo. ¿Qué importa que ellas estén detrás, si es a ti a la que van a ver?

El
humo había llenado la habitación, las velas se consumían, los roces casuales de los acólitos se habían convertido en manos atrevidas que la excitaban, la avispa zumbaba ahora a su alrededor, la plenitud espiritual se alcanza a través del cuerpo, pero a través del goce y no del ayuno ni del dolor.

Fahleena se desasió suavemente de las manos de los acólitos y avanzo hasta la mesa. Su cuerpo palpitaba con sus sentidos excitados en presencia de su diosa. Todo se había difuminado de pronto. Notaba cómo los acólitos se movían por la habitación rellenando los incensarios, la avispa no dejaba de revolotear en torno a su cabeza. Miró por última vez la máscara que representaba su rostro. La máscara sonreía aunque ahora sus labios estaban prietos. Cogió la vela y derramó una gota de cera sobre la máscara. Se retiró unos pasos y esperó.

La avispa no dejaba de zumbar y el sonido la perturbaba, el corazón de Fahleena se aceleraba, ahora sí sus manos comenzaron a temblar. Entonces la avispa se posó sobre la máscara, caminó sobre la recta nariz y recorrió la sonrisa hasta quedar posada sobre el mentón. Fahleena cayó de rodillas al suelo, con la cabeza baja y los ojos emocionados.

La avispa continuó su recorrido y saltó hacia la maza, se quedó muy quieta sobre ella, como si algo en ella la perturbara. Los acólitos habían vuelto a su lado y también se habían arrodillado pero ella no los veía. Cuando levantó la cabeza sólo miraba la máscara, fundiéndose, derritiéndose sobre la maza, hasta que el arma quedó cubierta por un líquido pegajoso y caliente.

-Que mi rostro sea tu rostro, que tú símbolo sea mi símbolo. Que lo que vean sea lo que tú deseas, que sea tu nombre el que acuda a la boca de todos. –murmuró, reverente. La avispa levantó el vuelo. Sobre el paño dorado se veía descansando un látigo que sólo conservaba de la apariencia de la maza de Alika el mango.

Fahleena tragó saliva antes de acercarse a él. Su mano se alargó hasta el arma bendecida por la diosa y la tomó en sus manos. La maza de Alika volvió a mostrarse en cuanto ella la enarboló, mientras no atacara con ella su apariencia era la de un látigo ritual de Calistria como el que solía llevar habitualmente.

Se sentía emocionada. La diosa la había bendecido. La avispa revoloteaba ahora alrededor de la vela que ninguno de los acólitos se acercaba a apagar. Uno de ellos se acercó y la abrazó por detrás, besándola suavemente en el cuello.

-La diosa te ha bendecido, debemos honrarla.

La excitación del ritual dejaba paso a otra más física, Fahleena se dejó llevar por su instinto, en plena comunión con su diosa.

viernes 25 de septiembre de 2009

Amanecer

Friedrich: Morning








Aquella mañana Albert se levantó muy temprano; casi no había podido dormir y se había pasado la noche dando vueltas en la cama con los ojos abiertos. Por última vez miró el reloj que descansaba en su mesilla de noche y se incorporó mirando hacia el balcón abierto por el que ya empezaban a entrar los primeros rayos del sol. Albert se dirigió hacia el balcón y apoyó las manos en la negra balaustrada que lo separaba del vacío. ¿En qué pensaba? Tal vez alguna de vosotras lo sepa o pueda adivinarlo. Yo no. Yo nunca he entendido a Albert, para mí siempre ha sido alguien distante y lejano: un rayo de sol en medio de una bruma blanca, recién salido de un sueño.

La habitación de Albert estaba orientada hacia el este, hacia el amanecer. El oriente es el lugar de la magia y el nacimiento. El oeste es el ocaso, lugar de brujería y muerte. Albert sintió los primeros rayos de la mañana acariciando su rostro y tembló, porque el sol era todavía débil y no calentaba. Sucumbiendo a un impulso irrefrenable, apoyándose en los negros barrotes de hierro forjado, Albert saltó al vacío y casi en el último segundo se agarró con fuerza a las enredaderas que recorrían la fachada de la mansión Andrey. Su mansión. Las pequeñas ramas y finas agujas verdes que se retorcían en las paredes traspasaron su liviano pijama y rasgaron su carne pero él descendió a toda prisa, sin notarlo siquiera, sin mirar sus manos arañadas ni su pijama rasgado. De un salto llegó al suelo y empezó a correr como si intentara ganar al viento. Albert corrió, alejándose de las blancas paredes de su hogar, corrió hasta que sus pies descalzos se adentraron entre los árboles del bosque cercano y su casa se perdió en la distancia.

Picabia - Amanecer en la bruma







Albert no miró atrás, ni a su alrededor. Sólo corrió extendiendo los brazos para abarcar el bosque con ellos; acariciaba la rasposa corteza de los árboles al pasar junto a ellos y sentía las cosquillas de las hojas nuevas al rozar las palmas de sus manos. No le preocupó andar descalzo sobre la alfombra verde y tostada que cubría el bosque, el suelo estaba todavía húmedo por las gotas de rocío y las hojas de los árboles resplandecían como si estuvieran llenas de pequeños espejos. A Albert no le importó dejarse caer al suelo cuando estuvo agotado ni que una atrevida ardilla mordisqueara los botones de su pijama. Albert se quedó allí, tendido en el suelo durante largo rato, mirando el sol que se filtraba cada vez con más intensidad entre las copas de los árboles y que, ahora sí, calentaba su cuerpo como el abrazo de una mujer amada. No sé en qué pensaba. Tal vez, de uno de sus ojos, salió una furtiva lágrima.

El sol estaba ya en lo alto del cielo cuando Albert oyó los pasos acercándose. Se había quedado dormido allí, escuchando los pájaros del bosque. Los pasos rompieron la magia, invadiendo aquel refugio secreto que se había construido con sol y música. Y Albert cerró de nuevo los ojos, porque sabía a quien pertenecían aquellos pasos desmañados.

Cuando George llegó hasta él, vio a su joven amo sucio y desaliñado; con la cara manchada de tierra, el pijama desgarrado y el cabello enredado entre las hierbas del bosque. Parecía surgir de la misma tierra, ser parte de ella, mientras que los zapatos de George eran dos agujeros negros que aplastaban las flores.

-Señor ¿Estáis bien? Os hemos estado buscando toda la mañaña. ¿Qué hacéis aquí?

Albert no estaba dormido pero no abrió los ojos. Sentía la sombra de George encima de él, tapándole la luz del sol. La sombra, la responsabilidad, el futuro. No sé en qué pensaba pero, tal vez, puedo entenderlo.

Albert abrió los ojos y miró a George sin moverse. Sus labios se entreabrieron para contestar y murmuró:

-Sueño.

Sol LeWitt

lunes 21 de septiembre de 2009

[Rol]La muerte de Luana

Elfa Druida. Nivel 2










He muerto. Lo sé. Los golpes ya no me duelen... ni siquiera sé donde estoy ahora. La habitación ha desaparecido y floto en la nada, sin cuerpo, el alma desnuda que todavía busca ese cuerpo del que la han arrancado.

Creí que tenía todo el tiempo del mundo y ahora estoy muerta. Todo se ha quedado a medias, he fallado al círculo druídico que confiaba en mi, al bosque que dependía de mí. Un pobre perro cojo y apaleado ¿qué será de ti ahora? No me preocupo por Sotty, valiente tejón que me ha acompañado siempre, Sotty sabe cuidarse solo.

Ahora emprenderé el viaje, aunque no sé hacia donde. Los brazos de Pharasma me esperan en alguna parte. No siento miedo, sólo pesar. He fracasado.

Hubiera deseado poder salvar el mundo y ver la primavera en el bosque, ver un hijo mio crecer, ver mi reflejo en los ojos del resto de los miembros del círculo cuando me aceptaran como uno de ellos. Nada de eso pasará ya jamás, el tiempo no es eterno y se trunca en cualquier momento. Espero que Sotty llegue hasta el círculo y les cuente lo que ha pasado para que manden a otro en mi lugar. Alguien mejor que yo, que no se distraiga y se concentre en lo que tiene que hacer, que no piense que el tiempo es eterno, que sepa resistirse a esta ciudad maldita que se te mete en la venas. Yo he fracasado. Yo pensé que tenía todavía mucho tiempo.

Lo primero que sentí fue cómo se cortaba el vínculo con Sotty. Fue más doloroso que el último golpe. La sensación de que algo dentro de mi se había partido, un trozo de mi alma se ha quedado con él. Ya no siento su presencia, su seguridad y confianza a mi lado. Y me di cuenta que estaba muerta, realmente muerta. No sé lo que harán ahora conmigo, en esta ciudad horrible. Me enterrarán como a Rose, supongo, y se emborracharán gritando mi nombre. Ojalá alguien me lleve al bosque. No desearía que me enterraran aquí.

Una tumba bajo un álamo, a la sombra, donde los osos se acerquen y se sienten sobre la tierra, donde mi cuerpo se descompone poco a poco. Sotty no los dejará, me seguirá cuidando, como siempre, pero yo ya no lo sabré.

Lo peor de estar muerta es no sentir. La hierba mojada bajo mis pies descalzos, el canto de los pájaros, el sabor de las bayas recien cogidas, el calor del sol en la espalda, la suavidad de un beso... todo eso ha desaparecido y ya son sólo recuerdos ¿los perderé? ¿se irán descomponiendo poco a poco como mi cuerpo en la tumba? Mi error fue no aceptar que no estaba preparada, que no era capaz de llevar a cabo la misión que me encomendaron, me falta humildad, saber ceder el paso a los que sí saben, quería ser la heroína, lo deseaba tanto, que me miraran con una sonrisa en los labios, orgullosos de mí. Hacerles felices a todos. He fracasado y ahora estoy muerta, estoy muerta. Lo sé.

No hay tiempo, nunca lo hubo. El tiempo se trunca y no te da opciones. No te deja terminar lo que has empezado. No tiene piedad. Quizás encuentre a mi hijo entre los brazos de Pharasma, aquel niño que no pudo crecer.

Mi alma recuerda mi cuerpo y quiere andar, busca los brazos y las piernas, busca los ojos, quiere ver, tocar. Nadie viene a decirme cómo avanzar. Estoy sola, triste y confusa. El alma quiere llorar, pero ahora solo puedo recordar. Es lo único que tengo, y no sé por cuanto tiempo. Quizás ahora sí tengo todo el tiempo del mundo. Quizás se trunque todo en un momento y deje de recordar que he fracasado.

lunes 10 de agosto de 2009

[Reseña] Cosecha Roja - Dashiell Hammett

-De manera que ése es el método científico de trabajar que tenéis los detectives. La verdad, considerando que eres un tipo gordo, cuarentón, que no se casa con nadie y testarudo, tienes la manera de trabajar menos concreta de todas las que conozco.

-Los planes están bien algunas veces. Y otras, lo que está bien es simplemente remover las cosas; está bien si eres lo suficientemente duro para sobrevivir y conservas bien abiertos los ojos para poder ver lo que te interesa cuando sale a la superficie.


Poisonville, el retrato de una ciudad envenenada. Y lo importante no son las luchas entre gansters ni los asesinatos, venganzas y traiciones que vemos a lo largo de la novela, sino ver cómo el veneno va penetrando en el protagonista hasta que parece que la ciudad realmente le domina. Quería limpiarla, enfrentando a los distintos bandos, pero no es fácil hacerlo sin macharse las manos. Es levantarte una mañana y saber que no has asesinado, pero que habrías podido hacerlo.

La trama avanza a trompicones, escenas sueltas que lo que conforman es un retrato de los personajes más que una trama bien enlazada, como diminutos cuentos cortos alrededo del mismo tema. Dinah, la femme fatal que no sabes si es buena o mala, sólo que es avariciosa, manipuladora y tramposa, y que nos hace sonreir cada vez que aparece. El Susurro, leal con sus amigos hasta que dejan de serlo, el comisario corrupto destrozado por una venganza, el Detective de la Continental, extranjero que poco a poco va sintiendo como el veneno de la ciudad corre por sus venas.

Como novela me parece mal estructurada, pero cargada de una fuerza y una intensidad poco común. Hammett nos muestra personajes reales y vivos. La tragedia se masca en el aire, pero nos la muestra con un gran sentido del humor.

-Queréis que os deje en paz. Yo también lo quise antes. Y si me hubieráis dejado tranquilo, quizás a estas horas estaría en el tren camino de San Francisco. Pero no me dejaron. Sobre todo, no me dejó ese gordinflón de Noonan. En sólo dos días ya han tratado de mandarmeal otro barrio dos veces. Dos veces son muchas veces. Ahora me toca a mí ir a por él hasta dejarle hecho tiritas, y eso es, exactamente, lo que voy a hacer. Poisonville ya está madura para la cosecha. Es un trabajo que me gusta y lo voy a hacer.



El viñedo rojo -Van Gogh