lunes 16 de noviembre de 2009
De críticas y fracasos
domingo 15 de noviembre de 2009
[Relato]¿Por qué llora Medusa, La Gorgona?
martes 3 de noviembre de 2009
[Relato] El vino de Hargoth
Sabía que tenía que irme pero no quise hacerlo mientras él tuviera los ojos abiertos y buscara mi mano que estaba mucho más caliente que la suya. La comadrona puso a calentar unas hierbas y yo la dejé hacer, tranquila, porque sabía que pasara lo que pasara yo no iba a morir.
Me sentía fuerte, como antes de que aquella horrible enfermedad comenzara a acosarme, pero disimulé y dejé que la mujer me llevara en brazos hasta las roídas mantas que había dispuesto en el centro de la habitación. El humo de las hierbas relajaba mis sentidos y espantaba a las ratas. La comadrona dispuso pequeños cuencos con hierbas ardiendo en torno a la manta y acercó dos de ellos a mi cabeza. Aspiré el intenso aroma y miré el cuello de la mujer, oculto entre anillos de grasa. Me sorprendía que pudiera ser tan fuerte pero ella no lucía ningún medallón en su cuello. La mujer simplemente miraba codiciosamente el mío.
Llevaba semanas luchando con la fiebre y mi cuerpo se había consumido hasta parecer de cristal. Aquella mujer me cogió entre sus brazos como si yo fuera una muñeca rota y sólo mi vientre hinchado parecía escapar de la cadavérica imagen de la muerte.
-No es cierto -me dijo-, tu vientre también está muerto, no sobrevivirías al parto.
Miré hacia la cama. Él se había quedado quieto. Murmuré su nombre y volvió la cabeza, mirándome con aquellos ojos oscuros que todavía podían hacerme temblar, intentó sonreír, darme confianza, pero sus labios resecos solo consiguieron fingir la mueca. Yo sabía que estabas vivo, eras lo único vivo que sentía dentro de mi, lo único que me ataba a mi anterior existencia, lo único que me recordaba que no siempre había llevado el símbolo de Morgion en mi garganta.
El dios no reclamó tu vida. Se la hubiera dado con gusto pero no la pidió. Era otra forma de hacerme estar en deuda con él. No, pensé, pagué y pagaré por mi vida, no por la de mi hijo. Con cuidado, acerqué mi mano hasta el cuerpo de la comadrona que extendía su instrumental a mi lado. Fue la primera vez que lo hice, mi primera vez. La rocé con uno de mis dedos y murmuré una plegaria a Morgion. Sentí el poder del dios en mi interior y me sentí poderosa y fuerte. Supe entonces que nunca me arrepentiría de mi decisión.
Eras una masa informe, rodeada de coágulos de sangre y con el cordón umbilical enroscado en torno a tu cuerpo. La comadrona lo cortó con el mismo cuchillo y te dejó en el suelo, a mi lado, para cerrar sin demora la herida abierta.
Mi cuerpo no hubiera soportado un parto, decía ella, pero quizás tampoco soportaría la brutal herida que me había inflingido. Te miré con odio. Me habías destrozado, habías consumido mi cuerpo tanto como la enfermedad, te habías alimentado de él y me habías dejado seca. Incluso te habías llevado la sangre que me quedaba al salir de mi. Y, sin embargo, estabas vivo.
Sentí el tirón en mi cuello cuando intentó arrancarme el medallón. Sentí un dolor mucho más intenso que cuando tenía las entrañas abiertas, era un dolor que atravesaba el alma y que me hizo reaccionar. Con una fuerza que a mi misma me sorprendió agarré la mano de la mujer y la retorcí hasta romper los dedos que atrapaban el sagrado símbolo que me había salvado la vida. De un manotazo la empujé y la oronda comadrona perdió el equilibrio y cayó, haciendo temblar el viejo suelo de madera bajo su peso. Tú empezaste a llorar. Yo me levanté y la sangre que aún goteaba de la herida resbaló por mis piernas formando caminos que se extendieron al suelo.
Quemaba. La sangre quemaba y yo cogí la cabeza de la comadrona y restregué su rostro contra mi vientre hasta que las quemaduras la hicieron gritar. Empecé entonces a entonar un cántico que no sabía que conocía, mi garganta estaba tan seca que salió como un estertor, las palabras no eran mías aunque las estaba pronunciando, el medallón emitía un brillo amarillento, enfermizo. La voz del dios habló por mi.
La solté y la dejé llorando en el suelo. Me volví a buscarte, mi pequeño hijo maldito, tan pequeño, no pesabas nada, te recogí y te llevé a la cama donde tu padre agonizaba entre sudores y pesadillas.
La comadrona intentó limpiarse el rostro con el delantal pero las quemaduras habían creado líneas oscuras en su cara. La mujer se levantó y me miró un momento, sin comprender nada. En su rostro, bajo la piel quemada, se veían ya las señales de la peste. En sus manos, sus brazos, en todo su cuerpo la fiebre comenzaba a estremecerla. Ella sabía lo que le estaba pasando. Llevaba demasiado tiempo combatiendo la enfermedad para no reconocer sus signos. Gritó y me llamó maldita. Pero ella no se postraría en una cama, no agonizaría durante días. Moriría en cuestión de horas entre dolores atroces, el tiempo suficiente para que sufriera, el tiempo justo para que yo pudiera verla morir.
Intentó escapar, salir por la puerta, como si al salir de la casa pudiera escaparse de la mano del dios. Vi como se desplomaba junto al umbral, llorando, mientras su cuerpo robusto se consumía y su piel se desprendía ante sus ojos.
Morgion estaba complacido. Tu padre, cansado por la fiebre y el dolor, se sumió en un sueño tranquilo. Tu dejaste de llorar. Tu padre había cerrado los ojos y yo miré los tuyos buscando su sombra en ellos. Pero tus ojos son dos saetas verdes, como los míos, y no vi el reflejo del calor de tu padre en ellos.
Me miró.
Te miró.
Te miró y yo te odié.
Salimos de la casa aquella misma noche. Te envolví en trapos y nos fuimos de allí. Te dejé en medio del camino. No me importaba saber si alguien te encontraría o no. Tú destino no era el mío. Te di la única herencia que podía darte, la señal de Morgion. No morirás como murió tu padre. Era lo único que podía hacer por ti.
No te pareces a él. Te pareces a mi. Eso me da miedo. No esperaba encontrarte de nuevo. En mi interior, deseaba que hubieras muerto. Despiertas recuerdos que ya estaban dormidos y, sin embargo, no puedo evitar venir a verte, aunque tú no sepas quien soy ni lo sabrás nunca.
Mis ropas andrajosas no te impiden servirme vino de Hargoth cuando ves las monedas sobre la mesa, aunque no me tocas. Sin embargo, a veces, te he visto mirarme a los ojos Picasso - Copa Verde
jueves 15 de octubre de 2009
El Ritual de Calistria
Mi personaje en la partida La Maldición del Trono Carmesí, Fahleena (noble1/clériga10 de Calistria) ha recibido una maza bendecida por dos diosas: Desna y Pharasma. El personaje desea que la diosa a la que sirve también le otorgue su bendición a la maza, para ello realiza un ritual que tiene como finalidad conseguir que la maza tenga la apariencia de un látigo, que es el arma de Calistria. Además la diosa (a través de nuestra maravillosa y generosa master) le concedió también a la maza la propiedad "Vengadora". Os dejo aquí el ritual.
La contempló un momento, un rayo de sol se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas y la iluminaba. Los acólitos terminaron de encender las velas y se acercaron a su lado, uno de ellos le tendió la máscara de cera. Fahleena la sostuvo entre sus manos mirándola.
Era su rostro pero no era ella. La máscara de las ilusiones de Calistria, la apariencia de lo que no es. Siempre había honrado los tres aspectos de Calistria, tanto el ardor del deseo erótico como el ardor de la venganza habían latido en ella alguna vez. Eran sentimientos que la encendían y aceleraban su corazón. El engaño en cambio era más amable, era el deseo de no hacer daño, de hacer feliz a la gente haciendo que oyeran lo que deseaban oír. Cubrió su rostro con la máscara de cera.
-La verdad duele demasiadas veces. Yo misma no soy capaz a veces de mirarla a la cara. Es mejor olvidar lo que hace daño, engañarse pensando que no existe el dolor. Yo lo he hecho durante un año, hasta que vi el espíritu de Zhanas delante de mí, pero me sigo poniendo la máscara para decir que he olvidado y que no echo de menos mirar a los ojos a alguien que me quiere.
Fahleena se quitó la máscara, sus manos no temblaban. La colocó sobre la maza, uno de los acólitos encendió una vela y la puso sobre la mesa, la avispa daba vueltas ahora alrededor de la llama.
El humo había llenado la habitación, las velas se consumían, los roces casuales de los acólitos se habían convertido en manos atrevidas que la excitaban, la avispa zumbaba ahora a su alrededor, la plenitud espiritual se alcanza a través del cuerpo, pero a través del goce y no del ayuno ni del dolor.
agó saliva antes de acercarse a él. Su mano se alargó hasta el arma bendecida por la diosa y la tomó en sus manos. La maza de Alika volvió a mostrarse en cuanto ella la enarboló, mientras no atacara con ella su apariencia era la de un látigo ritual de Calistria como el que solía llevar habitualmente. -La diosa te ha bendecido, debemos honrarla.
viernes 25 de septiembre de 2009
Amanecer

Cuando George llegó hasta él, vio a su joven amo sucio y desaliñado; con la cara manchada de tierra, el pijama desgarrado y el cabello enredado entre las hierbas del bosque. Parecía surgir de la misma tierra, ser parte de ella, mientras que los zapatos de George eran dos agujeros negros que aplastaban las flores.
-Señor ¿Estáis bien? Os hemos estado buscando toda la mañaña. ¿Qué hacéis aquí?
Albert no estaba dormido pero no abrió los ojos. Sentía la sombra de George encima de él, tapándole la luz del sol. La sombra, la responsabilidad, el futuro. No sé en qué pensaba pero, tal vez, puedo entenderlo.
Albert abrió los ojos y miró a George sin moverse. Sus labios se entreabrieron para contestar y murmuró:
-Sueño.
Sol LeWitt
lunes 21 de septiembre de 2009
[Rol]La muerte de Luana
Elfa Druida. Nivel 2He muerto. Lo sé. Los golpes ya no me duelen... ni siquiera sé donde estoy ahora. La habitación ha desaparecido y floto en la nada, sin cuerpo, el alma desnuda que todavía busca ese cuerpo del que la han arrancado.
Creí que tenía todo el tiempo del mundo y ahora estoy muerta. Todo se ha quedado a medias, he fallado al círculo druídico que confiaba en mi, al bosque que dependía de mí. Un pobre perro cojo y apaleado ¿qué será de ti ahora? No me preocupo por Sotty, valiente tejón que me ha acompañado siempre, Sotty sabe cuidarse solo.
lunes 10 de agosto de 2009
[Reseña] Cosecha Roja - Dashiell Hammett
El viñedo rojo -Van Gogh






