jueves, 8 de julio de 2010

[Relato] Herencia

 Este es el relato con el que he quedado finalista en el concurso de relatos de terror y suspense "El Abismo del Fénix"


Herencia


Audrey se detuvo frente a la puerta cerrada, no se oía nada, ni el susurro del viento colándose entre las rendijas de la madera. Extendió la mano para abrirla, una mano blanca, de largos dedos que se difuminaban en el aire sin conseguir tocar el pomo de la puerta.

Se quedó allí largo rato, pensando, esperando. Oyó pasos que se acercaban por las escaleras, pasos apresurados que hacían crujir los viejos escalones. Se aplastó contra la pared, oculta en las sombras, esperando que no la vieran. No debía estar allí y nadie debía descubrirla. Siempre estaba en lugares donde no debía.

Una joven llegó corriendo hasta la puerta, su respiración era agitada y nerviosa, sus cabellos largos y cobrizos estaban perlados de sudor, la llama de una vela ondeaba en su mano. Se detuvo un momento a recuperar el aliento, mirando la puerta cerrada. Audrey sintió deseos de llorar, casi podía notar cómo sus ojos se humedecían aunque fuera mentira. Se acercó a la joven y extendió su mano junto a la de ella. Manos blancas de largos dedos que no podían tocarse, tan parecidas y, sin embargo, distintas. La joven se estremeció como si sintiera frío, pero su mano apretó con fuerza el pomo y abrió la puerta.

Audrey sabía lo que encontraría dentro.

El viejo laboratorio estaba intacto, como si la puerta no llevara cerrada cincuenta años. La joven se adentró en él con pasos vacilantes, con respeto, sin atreverse a tocar nada. Audrey la observaba desde el quicio de la puerta, quería gritar, quería advertirle de lo que iba a pasar, pero no salía la voz de su garganta, sólo un aire helado que hacía que la chica se estremeciera.

La joven pasó de largo sobre los estantes cubiertos de libros antiguos y los anaqueles con redomas llenas de líquidos pardos de olor penetrante, lo que buscaba estaba en el centro de la habitación, encima del atril. No se fijó en los dibujos del suelo, ni en que sus pies rozaban el centro de una intrincada estrella dibujada en las losas oscuras. Su mirada estaba fija en el objeto que reposaba en el atril.

La diadema emitía un brillo tenue, como si el sol se reflejara en ella aunque ninguno de sus rayos pudiera llegar hasta el sótano. La joven dejó la vela sobre el atril y acarició los intrincados dibujos de la diadema. Dudó un segundo antes de cogerla, un segundo en el que Audrey tuvo la esperanza de que esa chica fuera distinta a las demás y no lo hiciera, pero no lo era. Audrey vio cómo cogía la diadema y la llevaba hasta sus cabellos cobrizos, casi sintió cómo encajaba en la cabeza.

—¡Nooo! —gritó Audrey, entrando corriendo en la habitación, extendiendo las manos para impedirlo. La puerta se cerró tras ella y la joven desconcertada se volvió hacia la ráfaga de aire que entraba pero no veía nada. La llama de la vela se apagó, la diadema siguió reluciendo en su cabeza.

Se había equivocado, como Audrey, como todas las demás.

Audrey adivinó el miedo que debía sentir ahora la joven, igual al que había sentido ella, hacía ya tanto tiempo. Recordaba, recordaba como si fuera la primera vez. Nunca podría olvidarlo.

Al principio no había sabido dónde estaba. Todo estaba oscuro, el áspero tintineo de una gota sobre el suelo de piedra, el murmullo del aire que la rodeaba. Audrey se había llevado las manos a la cabeza, donde sentía aún la diadema que al tocarla comenzó a emitir un leve fulgor. Miró entonces a su alrededor, estaba en una cueva, un lugar grande, húmedo y oscuro. Tropezó con viejos huesos al andar, esqueletos que se agolpaban exhibiendo sonrisas huecas. No sabía de dónde venía el aire pero lo sentía a su alrededor como manos intentando sujetarla.

Comenzó a andar, la caverna parecía extenderse durante kilómetros. Encontró un estanque donde pudo calmar la sed. Se miró en las aguas y contempló un semblante demacrado, con profundas ojeras. ¿Cuánto tiempo llevaba caminando? ¿Dónde estaba? Se dio la vuelta y el estanque había desaparecido, como si lo hubiera imaginado.

No bajes al sótano, le habían dicho, no entres en el viejo laboratorio de tu abuelo. No leas sus libros traídos de los más remotos rincones del mundo, no mires sus experimentos, no bebas sus pociones. Todo lo había hecho y no había pasado nada, nadie se había enterado. Habían sido juegos de niña, juegos sin consecuencia. Jugaba a llamar a los espíritus, pero los espíritus nunca acudían, hasta que un día había entrado en el laboratorio y había visto en el atril la extraña diadema.

No sabía cómo había llegado hasta allí, parecía un regalo, un regalo mágico que le hacia su abuelo, ese hombre del que sólo contaban historias de terror, que habían quemado en la hoguera antes de que ella naciera, ese hombre al que todos seguían teniendo miedo a pesar de los años que llevaba muerto. Audrey siempre había imaginado a su abuelo como a un hombre misterioso y sabio y ahora le dejaba un regalo. No podía creerlo. Se acercó al atril con respeto y admiración. Nunca había tenido nada tan hermoso. Le atraía el leve fulgor que desprendía la joya y, cuando la tocó, le pareció suave y cálida. Algo en su interior le recordaba que no debía tocar las cosas de su abuelo pero, como siempre, no le hizo caso. Nadie se enteraría si se la ponía una vez, nadie tenía que saber que era de él. Audrey no se lo diría a nadie. Sintió una corriente de de aire a su alrededor y pensó que era nerviosismo. No estaba de más probársela antes de llevársela. Probársela y mirarse al espejo, no iba a pasar nada.

Tuvo muchos años para lamentarse de ello, en aquella caverna oscura. Al principio pensó que había entrado en una pesadilla. Caminaba y caminaba y al final le parecía que estaba dando vueltas alrededor del mismo sitio. Los huesos de los muertos la acompañaban, era lo único que había allí. Lloraba sin saber que hacer hasta que caía desplomada de miedo y cansancio. Cerraba los ojos, deseando abrirlos y estar de nuevo en casa pero nunca era así. Aquello no era un mal sueño, era real. Sentía a veces que no estaba sola, el viento soplaba, ráfagas de viento que a veces parecía que quisieran arrancarle la diadema de la cabeza. La diadema se resistía, era como si el mismo objeto quisiera seguir anclado en su frente, le apretaba, era como una garra que la aprisionaba.

Audrey gritó y la caverna le devolvió el grito multiplicado mil veces. Lloró y escuchó miles de llantos. Se obligó a poner las manos sobre la cabeza, se obligó a quitarse la diadema.

Lo vio. Estaba delante de ella, difuso como si estuviera hecho de aire en vez de carne. Lo reconoció por los retratos, era su abuelo, el abuelo que había sido quemado en la hoguera por practicar artes oscuras, el que había jurado que volvería y se vengaría, gritando mientras su cuerpo ardía. Y ahora estás aquí, abuelo. ¿Pero dónde estamos?

No le contestó. Ella extendió la mano para darle la diadema, pero la mano etérea de su abuelo no podía sujetarla y cayó al suelo, rodando hasta pararse a los pies de un esqueleto que no se había desmoronado. El esqueleto de un hombre que la miraba con sus cuencas vacías, con la macabra sonrisa de los muertos Supo que era él. Se acercó y puso la diadema sobre la cabeza del esqueleto.

Audrey se echó a temblar. Se reconoció. Eran sus cuencas vacías las que la miraban. Era su sonrisa la que tenía delante. Era ella la que estaba difuminada, vacía, la que era aire flotando alrededor de un esqueleto demasiado frágil. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? A su alrededor todo estaba muerto, sólo la diadema parecía viva.

Con el tiempo se acostumbró a verlos, miles de fantasmas flotando cerca de ella, intentando alargar las manos hacia la joya que resplandecía en la cabeza de su esqueleto, queriendo alcanzarla. ¿No podemos hacer nada?, quiso preguntar, pero no conseguía emitir ningún sonido.

Es una fosa, estoy en una fosa, comprendió al fin. La fosa de los brujos, los impuros, los que han jugado con lo prohibido. Me descubrieron, me arrastraron, me quemaron a mí también… Y no lo recuerdo, no recuerdo nada, porque entonces no era yo.

Audrey ya no sentía miedo, no lloraba, se limitaba a flotar en el aire, sin alejarse del cuerpo que había sido suyo. A veces se introducía en los huesos, intentaba moverlos pero no podía, otras veces soplaba encima de él, intentando arrancar la diadema de la cabeza, pero era imposible; hasta que un día abrieron la fosa y la luz entró iluminando los viejos huesos. Audrey aprovechó una ráfaga de aire para soplar con él, haciendo caer la diadema de su cabeza.

El enterrador se santiguó y dejó allí un nuevo cadáver, una mujer. Las ennegrecidas ropas que llevaba le resultaron extrañas a Audrey, también la apariencia del enterrador. El tiempo había cambiado el mundo. ¿Cuánto habría pasado? Quizás siglos. La fosa estaba abierta y Audrey aprovechó el momento para escapar de ella, para salir al cielo y al sol. El aire la arrastraba pero no le importaba, se dejó llevar por él hasta que estuvo lejos, hasta que llegó a un lugar que reconoció como su vieja casa, hasta que decidió atreverse a entrar, preguntándose si todo seguiría igual o si habría cambiado, hasta que bajó las escaleras que llevaban al sótano y se quedó parada delante de la puerta, la única puerta que no se atrevía a franquear.

Y esperó, y oyó los pasos apresurados una y otra vez, y sintió el horror de recordarlo todo una y otra vez.

Se escondió una vez más, cuando oyó los pasos bajando la escalera. Observó a la joven que se acercaba a la puerta, se vio otra vez, una vez más, pero no era ella. Los cabellos rubios enmarcaban un rostro demasiado joven. ¿Cuántas veces había sucedido aquello? Su hija, la hija de su hija, la hija de la hija de su hija… Audrey se quedó quieta esta vez, oculta en su rincón, sin acercarse a aquella joven que era la más parecida a como fue ella una vez, sin intentar impedir que traspasara la puerta, dejando que desapareciera en el interior del laboratorio hasta que la luz sobre el atril fue sólo un reflejo esquivo. Y vio entonces cómo otra figura bajaba las escaleras, lenta y silenciosa, la sombra de un hombre con los brazos atados a la espalda. Su ropa eran jirones de tela ennegrecida, su rostro el de un cadáver quemado. No se fijó en Audrey, escondida en un rincón, avanzó hasta entrar en la habitación, la puerta se cerró tras él. Audrey casi podía sentir cómo el aire helado la rodeaba,  cómo la diadema se posaba en su cabeza.

Se acercó a la puerta y miró por el ojo de la cerradura, oyó las palabras que pronunció una voz muy parecida a la suya, a la que había tenido una vez, una voz que salía de los labios de la joven aunque Audrey sabía que era él quien estaba hablando. El espíritu de la joven debía estar ya lejos, en la misma fosa donde habían enterrado a su abuelo, donde la habían enterrado a ella, años después, y a su hija, y a su nieta. Recipientes para un mismo espíritu.

La joven sonrió, con una sonrisa feliz y malsana, estiró los brazos como si hiciera mucho tiempo que no sintiera su cuerpo, empezó a examinar los libros del laboratorio, dispuesta a trabajar. Se volvió un momento hacia la puerta, como si pudiera notar que Audrey estaba allí, detrás de la madera, observándola, sintiendo el aire frío en la nuca.

Dejé de ser yo, por eso puedo estar aquí ahora, por eso puedo verlo. Yo dejé de ser yo. Viviste mi vida.

Audrey extendió la mano para abrir la puerta, una mano blanca, de largos dedos que se difuminaban en el aire sin conseguir tocar el pomo. Ese no era el camino, se dijo, nunca lo había sido. Y avanzó un paso, sorprendiéndose de que la puerta pareciera no estar delante de ella. Se coló entre las rendijas, como si fuera aire, y se acercó flotando hasta la joven que, junto al atril, pasaba impaciente las páginas de un libro. Se detuvo de pronto y se volvió, sin ocultar la sorpresa en sus ojos. Audrey sabía que no podía verla, pero que sabía que estaba allí.

No sabes cuál de ellas soy ¿verdad?

La joven se llevó las manos a la diadema, Audrey veía que la sorpresa de sus ojos se iba transformando en terror. Sin embargo la joven no fue capaz de dar un paso y salir del centro de la intrincada estrella que se dibujaba en el suelo.

Han sido muchos años, abuelo, te he visto, he aprendido.

Audrey se acerco, se acercó más y más, un paso más y la diadema comenzaría a brillar, muy fuerte; otro paso y la atraería hacia el interior de ese cuerpo que temblaba y gemía. Sólo un paso más, un último paso y el espíritu de su abuelo ya no estaría allí, habría regresado a la tumba y Audrey podría vivir una vida. Aunque no fuera la suya.

Sintió de pronto el frío y el miedo, vio de nuevo a través de unos ojos. Intentó dar un paso, salir del laboratorio, pero trastabilló, incapaz de controlar el cuerpo donde estaba ahora. Cayó de rodillas y se arrastró hasta conseguir salir. Se apoyó un momento junto a la puerta, recuperando el aliento. Le costaba respirar, o quizás es que no recordaba cómo hacerlo. Se miró las manos, unas manos blancas, de largos dedos, que subieron hasta su frente y se ciñeron en torno a la diadema hasta que la arrancó de la cabeza. La arrojó dentro del laboratorio, el objeto rodó hasta quedar justo en el centro de la estrella, a los pies del atril. Adecuado, pensó, mientras hacía esfuerzos para levantarse, mientras cogía con fuerza el pomo de la puerta y la cerraba dando un portazo, mientras se volvía hacia las escaleras y comenzaba a subirlas con cuidado.

Viviría una vida.



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Imágenes de Arnold Böklin

lunes, 5 de julio de 2010

[Reseña] Glee

Empecé a ver esta serie porque leí una reseña en el blog de Iztia y me llamó la atención, me suelen gustar  mucho los musicales, aunque con las series musicales  tengo reservas, pues suelen ser bastante malas, de todas formas si en sus tiempos me enganché a UPA ¿por qué no probar con esta? Y al final me ha gustado mucho más de lo que esperaba.

En realidad, al analizarla, la serie no es que sea gran cosa, los números musicales son muy buenos y están bien trabajados pero la trama en sí de la serie es batante tópica: nos presenta el típico instituto americano y a un grupo de perdedores que sólo tienen el coro para sentir que están haciendo algo especial, los personajes son estereotipados y las tramas están entre ir a lo sensible y a buscar la lágrima fácil o son absurdas a más no poder.

Es en lo absurdo donde creo que la serie más engancha, aprovecha los estereotipos para llevarlos al extremo, sin concesiones, y se burla de ellos o simplemente no se toma a sí misma en serio, hay cosas que parecen increibles, pero que dentro de la serie, aunque no te las creas, vas pensando: a ver con qué me van a salir ahora.

Abusan un poco de la competitividad, llega un momento en que se hace monótono que solo hablen de ganar campeonatos y que el coro esté siempre en la cuerda floja, a punto de ser cancelado. Es otro recurso típico que me parece que no está bien gestionado, tendrian que haber abusado menos de él y meter más variedad de motivaciones. También al conocer más a los personajes la segunda parte de la serie tiene más momentos sensibles y menos monentos absurdos, hay personajes que pierden al conocerlos más, unos pocos ganan, la entrenadora de las animadoras gana mucho al ir conocíendola, sin perder la exageración hasta el absurdo han sabido humanizarla en el punto justo, dejando que siga siendo la mala de la serie, pero haciendo que las comprendamos un poco mejor.

La selección de canciones de la serie es muy buena, aunque le estoy cogiendo una tirria a los medley (en mis tiempos se los llamaban así, antes erán popurrí y en la serie los llaman de otra manera que no me acuerdo) que no es normal ¿porqué esa manía de ponerme trozos, con lo bien que están las canciones enteras? Esperemos que en la próxima temporada hagan menos.

domingo, 13 de junio de 2010

[Reseña]Identity

Aviso, puede haber algún spolier de la trama.


Hace un par de días, hablando con mi hermano me acordé de esta película de John Cusack y se la recomendé. Yo la vi hará un año, una de estas tardes de sábado que te apetece tumbarte delante de la tele a vegetar. El argumento sonaba bien, un grupo de desconocidos que coinciden en un motel durante una tormenta y que empiezan a morir uno tras otro. Recordaba a diez negritos de Agatha Christie y esperaba algo así. Un misterio a descubrir, un asesino, algo simple para un día tranquilo.

Y me encontré con una pelicula desasosegante. La lluvia, la noche, te meten en un ambiente siniestro donde las cosas se van retorciendo de forma imposible. Y me dio miedo. Hay películas que se meten dentro, que tocan alguna fibra sensible y que después no puedes olvidarlas. Con Indentity me pasó esto, y menos mal que no la vi de noche, porque me tuvo inquieta varios días y aún hoy la recuerdo como una película que me dio miedo y que, aunque me gustó, no volveré a ver.

Y no es que sea una pelicula de miedo, en realidad es de intriga y tampoco es que sea una gran pelicula, es simplemente entretenida. Yo descubrí muy pronto quien era el asesino y durante parte del metraje solo esperaba descubrir si mis sospechas eran ciertas. Después llegó el giro de la última parte y ahi es donde me entró el miedo. Es el momento en que John Cusak se mira en un espejo y no es su rostro el que ve. Ahi empecé a pensar en como somos realmente. ¿Nos vemos a nosotros mismos como nos ven los demás? ¿Hasta qué punto nuestra visión de nosotros mismos está distorsionada? ¿Nos conocemos, realmente? ¿Nos engañamos? ¿O engañamos a los demás? Son preguntas que surgieron al ver esta pelicula, una pelicula que me dejó intranquila, aunque me esperara el final. 

He olvidado peliculas mucho mejores que esta, pero Identity es algo recurrente, de vez en cuando algo me hace acordarme de ella como si la hubiera visto ayer, y me sigue dando miedo.



miércoles, 9 de junio de 2010

[Relato] Nacimiento

Me hago añicos, me desintegro, me estoy desintegrando. Las lágrimas son trozos del alma que salen por las grietas. Se escapa. Quiere huir antes de que el dolor la alcance. El dolor. ¿Cómo será cuando ya no lo sienta? ¿Cómo será entonces? Cuando el sudor no empape las sábanas. Grito. No puedo más, simplemente no puedo más, pero las palabras no llegan a salir de mis labios. Las contengo. Las reprimo. Queman mi garganta, mi frente, hacen temblar mis manos...Tengo sed. El esfuerzo de levantar la cabeza para que mis labios ardientes rocen el paño mojado es demasiado intenso. Ella no se cansa. Lo hace una y otra vez. El agua resbala por las comisuras de mis labios. Me hundo. Me estoy hundiendo. Y el silencio me devuelve el eco de una vida que se aleja. No tengo futuro. ¿Y el presente? ¿Dónde está el presente? ¿Por qué me ha abandonado? Sólo quiero pasar mis últimas horas consciente, sin dolor. Ojalá pudiera convertirme en humo. Salir volando y alejarme de este fuego que me quema desde dentro. Sé que ni siquiera en la muerte hallaré descanso. No quiero morir. Me rompo. Me estoy rompiendo...


—Está muerto.

—No, no lo está, aún respira. ¿No ves cómo se mueve su pecho?

—Es sólo un reflejo. Acerca el espejo, a ver si lo mancha con su aliento.

—No hace falta, Iulian. Es mi hijo, sigue vivo. Todavía sigue vivo.

Iulian se acercó al lecho, con cuidado. El joven apenas tenía catorce años y sólo hacía unos días que había sido alto y robusto. Ahora la maldición había consumido su cuerpo hasta dejarlo tan esquelético como un fantasma. Alba, la madre, parecía tan consumida como él, cansada tras largas noches en vela, tras una semana de agonía, esperando un milagro que nunca llegaba. Los milagros no existen cuando la maldición te ha alcanzado.

—Se está enfriando, ha dejado de sudar.

—Es la fiebre, que remite. —Alba volvió a aplicar el paño húmedo en las sienes, borrando las huellas del sudor; volvió a mojar los labios, intentado que algo del preciado líquido llegara a la garganta reseca del enfermo. Iulian se acercó a su lado y tocó la frente pálida del joven.

—No remite, Alba, tu hijo se muere.

—Sí, se muere —Alba miró a Iulian a los ojos, clavándolos en él como dos puñales—. Se muere, pero todavía no está muerto.

Alba sacudió sus cabellos, prematuramente encanecidos, y se levantó. Se asomó a la ventana donde el sol se ponía una vez más, dando paso a otra noche que pasaría en vela.

—Tuve dos hijos, Iulian, y a los dos los he perdido. Mi esposo. Mis hermanos. Ojalá hubieran nacido muertos. Ojalá. Es mucho peor que ver cómo la vida se les escapa poco a poco. Ver cómo mueren dos veces... Es lo único que me queda.

—Ya no respira, Alba, está muerto. Ha abierto los ojos.

—No está muerto, Iulian, aún no. No está muerto. No está muerto.


Tengo los ojos abiertos. No siento nada. Ni frío ni calor. Mi madre se ha alejado de la cama, la veo junto a la ventana. Quizás espera que los fantasmas vengan a ayudarnos. Los fantasmas no pueden hacer nada. Hay demasiados muertos. Iulian se ha sentado a mi lado, y toca mi frente. Sus ojos son tristes y están surcados por profundas arrugas de cansancio. Es anciano, muy anciano. El más anciano de la aldea. Sin embargo no es capaz de recordar ningún tiempo en el que las cosas fueran bien. Estoy tranquilo. Por primera vez en mi vida estoy tranquilo. Eso me asusta. El dolor ha desaparecido. La angustia se ha marchado. La vida. ¿Dónde está la vida? Iulian ha acercado un espejo a mi rostro y no puedo verme reflejado. Mejor. Mi rostro tiene que estar pálido y ojeroso, consumido por las horas de fiebre. Iulian lo retira, y mira a mi madre.


—No hay aliento.

Iulian muestra el espejo. La imagen se refleja clara y concisa, la imagen de una mujer que acaba de ver morir al último de sus hijos. Las lágrimas se agolpan en torno a sus párpados, tan húmedos que parecen incapaces de contenerlas pero lo hace. Las contiene. Intenta negar con la cabeza pero los ojos de Iulian están tan seguros y tan tristes que no tiene más remedio que bajar los suyos, para que él no la vea llorar.

—No se podía hacer otra cosa, Alba.

—Nunca se puede hacer nada.

Alba volvió de nuevo a sentarse junto a su hijo y le cerró los ojos, amorosamente, y acarició sus cabellos empapados de sudor. Él había sido su vida ¿qué iba a hacer ahora? Ya no tenía nada.
Me ha cerrado los ojos pero sigo viendo en la oscuridad. Es como si no tuviera párpados, o como si fueran transparentes. Creo que no puedo mover los ojos. Tampoco puedo sentir sus manos. Me gustaría que me hiciera daño, que me clavara las uñas y notar cómo la sangre se escapa de mis venas. La sangre ya no corre. La echo de menos. Sin embargo estoy tranquilo. No quiero estar tranquilo. No quiero estar en paz. Me enterrarán. Me cubrirán de tierra áspera y yo seguiré viendo a través de mis ojos sin párpados. Pero sólo veré los gusanos arrastrándose sobre mi cuerpo. Nada más. No hay nada más. Eso es lo que me espera. Mi cuerpo se consumirá en la tierra y seguiré viendo. ¿Veré? ¿Podré hacerlo cuando no tenga ojos? ¿Por qué no dejo de pensar? No dejo de pensar. No estoy muerto. El dolor ha remitido, la angustia ha cesado. El miedo. El miedo continúa.  

—Ha movido la mano.

—Sí, pronto empezará, Alba, debemos darnos prisa, antes de que se convierta en un monstruo.

—No. Todavía está vivo. Estoy segura, ha movido la mano.

—Es como la respiración, un acto reflejo. Todo ha terminado, Alba.

—Ha movido la mano. Mi hijo ha movido la mano.

—¿Quieres que acerque otra vez el espejo?

—No. No hace falta. Mi hijo está muerto. Lo sé. Su corazón no late. Pero ha movido la mano. Esperemos. Hasta el amanecer, sólo hasta el amanecer.


Despierto. Me elevo. Me estoy elevando. El miedo es sólo el último suspiro. No lo he entregado. Aún lo tengo. No lo he perdido. No me he abandonado a la inconsciencia. Ahora no podré irme. Me levantaré. Me sentaré a su lado. La gente que amo sigue viva. Mi madre llora sobre mis ojos cerrados. Me aprieta la mano con fuerza. Le digo que ya no siento dolor. La fiebre se ha ido. Ahora estoy frío. De mis ojos no salen lágrimas. No estoy tranquilo. Me siento vacío. Como si me faltara algo. ¿Se puede echar de menos la enfermedad? ¿Las pesadillas también han desaparecido? ¿Con qué soñaré a partir de ahora? Ya no puedo morir. Estoy muerto. Tengo toda la eternidad para averiguarlo.


—¿Qué haremos ahora, Iulian?

Alba apretaba la mano de su hijo, como si la fuerza pudiera hacer que la sangre volviera a correr de nuevo por sus venas.

—No podemos hacer nada —los ojos de Iulian estaban de pronto cansados y temerosos, viendo como el joven apartaba la mano de su madre y, trabajosamente, se ponía de pie.

Alba lo miraba, incapaz de dirigirse a él como cuando estaba vivo. Caminó a trompicones por la habitación, con los ojos cerrados.

—Pero tenemos que ayudarle. Es mi hijo —susurró.

—Está maldito, no podemos hacer nada. Nadie sobrevive a un ataque como el que sufrió. Ha estado agonizando demasiado tiempo.

—Sufrirá, ahora.

—Sufriremos nosotros. Él ya no sufre. Ahora es uno de ellos.

—Lo matarán, cuando lo descubran.

—Ya está muerto, Alba, ya está muerto.

—No, no lo está. ¿No lo ves? Anda.

—Está maldito. Y tú lo estarás también, muy pronto. Sería mejor que estuviera realmente muerto, debemos enterrarlo.

Alba se había acercado a él, y le puso con cuidado una mano en el hombro pero la retiró, apresuradamente

—Está frío —dijo, y tembló.

Ahora es de noche. Me marcharé. Mi madre duerme. Y sus ojos no son como los míos. No pueden verme a través de los párpados cerrados. Iulian se ha dejado el espejo sobre la mesa. Me acerco y abro los párpados con las manos. Aprenderé a hacerlo de nuevo. Aprenderé a fingir que sigo vivo. No es tan difícil. Otros lo hacen. Él lo hace. No sospeché nada hasta que fue demasiado tarde. Me arrastré hasta mi casa, no estaba tan lejos... Me arrastré para que mi madre me acogiera amorosamente entre sus brazos, por última vez. Han tenido que pasar muchos días para que mi cuerpo se acostumbre a no tener sangre en las venas. Cada vez más frío. Sin embargo, yo no lo siento. ¿Cómo era el frío? No lo recuerdo. No recuerdo muchas cosas. Estoy maldito. Ellos quieren ahorrarme sufrimientos, Iulian lo dijo. Como si no pudiera oírles, como si no pudiera verlos. Quizás mi madre lo cree así. Iulian lo sabe. Me gustaría gritarles que no soy un monstruo. No quiero ser un monstruo. No lo seré... Es mejor que me vaya. No volveré a morir de nuevo, no los dejaré. Mi madre aún llora en sueños. Podría decirle que ya no siento dolor, ni angustia. De mis ojos no pueden salir lágrimas. En el fondo me siento vacío, como si me faltara algo. ¿Se pueden echar de menos las pesadillas? No siento nada. ¿Encontraré alguna vez algo que llegue a despertar de nuevo mis sentidos? Ni la sangre. Ni siquiera la sangre.


—Se ha ido.

Pronto amanecería. Y el sol entraría de nuevo por la ventana, acariciando su piel a pesar del frío. Alba despertó, entumecida. Recordó y las lágrimas corrieron de nuevo por su rostro. Se preguntó porqué seguía viva. Las cosas no debían ser así. Ella había deseado compartir la maldición de su hijo, ya que no podía cambiarse con él. Poder andar muerta a su lado. Llevarlo de la mano en la oscuridad como lo había llevado a plena luz del día. Le había dado la oportunidad, pero él se había ido.

Se levantó para comprobarlo, lo buscó por toda la casa. No estaba. No la había tocado. Quizás le había dado un beso, antes de marcharse. Un roce de sus labios fríos, tan leve que no la había despertado. Alba buscó los signos de la maldición en su garganta pero no estaban. Los de su hijo eran dos círculos grandes, profundos, terribles... y no había podido borrarlos. El cuello de Alba estaba surcado por pequeñas arrugas de la edad, pero ninguna marca maldita lo atravesaba. Estaba a salvo. Estaba viva. Le quedaban todavía muchas lágrimas.

Iulian llegó pronto y la encontró tendida de nuevo en el lecho, llorando. Su cuerpo respiraba, sus ojos veían. Su voz murmuraba incoherencias. El anciano no pudo reprimir un suspiro de alivio antes de acercarse.

—Se ha ido —dijo, y ella levantó la cabeza para mirarlo.

—Se ha ido. Pero volverá. Sé que volverá a mi lado.

—Ya no es tu hijo, Alba, tu hijo ha muerto. Ahora es un monstruo. Debimos hacer algo anoche. No teníamos que haber esperado. Ahora se ha ido. Lo hemos dejado escapar.

—Es mi hijo, Iulian. No podía enterrar a otro hijo.

Él la miró, y en sus ojos había una pena inmensa.

—No sabes lo que deseas, no sabes lo terrible que es. La semana que pasas agonizando no es nada comparado con lo que viene después. Y no puedes escapar. He visto morir a muchos así. Dejan de ser hombres y se convierten en seres malditos. Hacen daño. No sabes lo que deseas.

Alba se dejó caer de nuevo en el lecho.

—Tengo que encontrar a mi hijo. No tengo nada más.

Iulian le acarició el encanecido cabello y lo apartó del rostro. El cuello de la mujer se le ofrecía casi de forma voluptuosa, con una desgarrada súplica. Sus labios se acercaron a ella. Labios fríos como los de un cadáver. Alba se dio cuenta de pronto de que no sentía su aliento. De pronto, Iulian se apartó.

—¡Ayúdame! —gritó ella.

Pero Iulian negó con la cabeza y, lentamente, recogió el espejo que aún permanecía sobre la mesa. Lo guardó en uno de sus bolsillos y salió de la casa sin decir nada más. El día empezaría a clarear pronto. Alba se dejó caer sobre el lecho y esperó, hasta que los primeros rayos del sol le acariciaron el rostro.

domingo, 6 de junio de 2010

Sobre fanfics

Hoy toca pataleta. ;)

Cuando yo era joven, escribí tres horribles novelas. En aquel entonces yo quería ser una gran escritora, hacer algo importante y maravilloso, publicar y que me leyeran, ganar el premio Nobel (ya puestos a soñar...) el resultado fueron novelas pretenciosas y grandilocuentes, a cual peor, me costaron mucho trabajo y esfuerzo que luego sentí que no había servido para nada, porque yo no era capaz de estar al nivel de mis esperanzas. 

La primera fue la mejor, una novela fantástica ambientada en la Atlántida; me leí a Platón, leí muchos ensayos sobre el tema, aunque creo que nada de eso se ve en el libro, tardé lo mismo en documentarme que luego en escribir la historia. La segunda ya fue una novela histórica en toda regla, ambientada en la Florencia del Renacimiento, una época que me gustaba mucho y que conocía ya bastante por los estudios, me documenté también mucho, todavía tengo por ahí cuadernos con las notas que fui tomando para esa novela. Que el resultado del trabajo no sea bueno no significa que no haya habido trabajo, sólo que estaba por encima de mis posibilidades.

La tercera novela es la peor, una historia de crímenes ambientada en la actualidad para la que apenas me documenté y que es la más grandilocuente y pretenciosa de las tres. 

Después de esa dejé de escribir, no sólo porque veía que no tenía futuro escribiendo, también tuve un momento de bajón por motivos personales y era incapaz de coger el bolígrafo. Estuve sin escribir un tiempo, dos o tres años, no estoy segura. Entonces empecé a conectarme a internet, y descubrí el mundo del fanfic.

Vidar me dijo una vez que yo era una fangirl. Tiene razón, me apasiono con las cosas que me gustan. Me enamoro de personajes de novelas, me entusiasmo con una canción, o me obsesiono con una película y la veo una y otra vez. Quizás por eso, cuando descubrí que la gente hacía historias con las cosas que le gustaban y disfrutaban con ello, sentí que aquel era mi medio natural. Empecé en páginas de Dragonlance, acababa de releerme las crónicas y entré en foros donde vi que la gente no sólo hablaba y comentaba, sino que también escribían. Y empecé a escribir de nuevo, al principio historias cortas que, para mi sorpresa, la gente leía, me hacían comentarios, me pedían que escribiera más. En aquel momento las páginas de Dragonlance tenían mucho más movimiento que ahora, estaba escribiendo y me estaban leyendo y para mi eso era importante.

Entonces mi amigo Klangor empezó a pincharme para que escribiera una novela. Yo no me sentía capaz, pero él pinchaba y pinchaba, hasta que decidí intentarlo. Y así nació Tiempos Oscuros, la única novela de la que me siento orgullosa, la única de la que no me avergüenzo. La primera parte la escribí en una época muy dura para mi, durante la enfermedad de mi madre, escribía y escribía de forma compulsiva, esa novela me sostenía, fue a lo que me agarré durante esos largos nueve meses, fue lo que hizo que no me hundiera. Lo di todo en ella, no es sólo un fanfic de Dragonlance, todo lo que me gusta está ahí. Los títulos de los capítulos son canciones de Marc Almond, Thera bebe directamente de D'Artagnan. Kráteros y Hefestion son compañeros de Alejandro Magno, Nate es el nombre que Simkim daba a su supuesto hermano en La Espada de Joram, Nate y Lyuda son hermanos porque también lo son Neal y Eliza, aparece un capitán Picard, que fue muy criticado porque era posiblemente el homenaje más obvio y el que chocaba más,. Y Velien, Velien es posiblemente el alter ego más fiel que he metido nunca en una historia.

Yo di mi vida entera en ese fanfic, aparte tuve muchisimo trabajo de documentación, mucho más que cuando escribía novelas históricas, Dragonlance es un mundo muy amplio, donde han escrito muchos autores, me leí un montón de novelas buscando información que no me cuadraba, busqué en manuales de rol que tampoco cuadraban con las novelas, intenté dar una explicación a los descuadres que hay, algo que los autores de Dragonlance no se molestan en hacer. El trabajo era enorme, pero yo me sentía bien haciéndolo. Era mi novela y estaba tomando forma. Y me gustaba. No iba a ser una gran novela, que dejara boquiabierto al mundo, ya no pretendía eso, solo quería darme, sacar lo que tenía dentro, nada más, hacerlo lo mejor posible. Los personajes de la saga no los usé, sólo algunos secundarios para centrar la historia en una época y que el lector los reconociera. Los protagonistas eran mis personajes y, aunque no había inventado yo Krynn, cuando escribía sobre él sentía que era mi mundo.

Tiempo Oscuros no es un sobrino que me dejan cuidar, es un hijo que saqué de las entrañas con mucho esfuerzo, que bebió de mi más de lo que hicieron mis otras novelas, Y salió bien, estoy orgullosa de haber escrito esa novela. Creo que es buena, incluso mejor que otras que hay publicadas de Dragonlance.

Por eso, cuando alguien habla del fanfic como si fuera algo... inferior, me siento ofendida, porque para mi el fanfic no es una escuela para aprender, ni algo que me tome menos en serio que los relatos que hago ambientados en mis propios mundos, no intento imitar el estilo de nadie cuando los escribo, soy yo y es mi estilo, no me resulta más fácil escribir fanfics porque el mundo esté inventado o los personajes estén ahí, al contrario, es más difícil porque tienes que tener un cierto respeto para reflejarlos como son y no como te conviene que sean. La única ventaja que tiene el fanfic es que es más fácil encontrar lectores interesados en leerte que cuando haces historias propias.

Hay muchos fanfics malos por ahí, igual que seguramente habrá muchas novelas malas guardadas en cajones, como las mías, pero también los hay buenos, de gente que se preocupa por hacerlo bien, que tiene un buen estilo y que los usa como marco para crear sus propias historias y hablar de lo que les interesa. Es una pena que te pongan una etiqueta y hablen del género como algo malo, cuando en sí no lo es, sólo es un género más y dentro de él hay de todo, igual que en cualquier otro género, sólo que hay mucho y hay que rebuscar un poco más para encontrar lo que merece la pena.

Supongo que reinvidicar el fanfic es una una causa perdida de antemano, pero, como dice Rhett Buttler en "Lo que el viento se llevó" (la peli, el libro no lo he leído): "siempre he sentido debilidad por las causas perdidas cuando realmente lo están".

viernes, 4 de junio de 2010

Los condenados. Moradores del Multiverso


Ya ha salido el primer número de Los condenados, revista literaria dedidcada a la ciencia-ficción, fantasía y terror donde podéis encontrar historias cortas, micorrrelatos, artículos y en su edición online una novela pulp por entregas.

Se puede leer online o descargar en pdf. Si os vais al dibujo de la portada, abajo del todo hay una visualización online donde os aparece la revista en forma de libro y se puede poner más grande o más pequeña, es muy curioso.

Yo he contribuido con un pequeño microrrelato, si os animáis a leer, ¡no olvidéis dejar comentarios!

jueves, 3 de junio de 2010

Diario de Aenleif

Hemos empezado el tercer módulo de Rise of the Runelords y yo he estrenado personaje nuevo: Aenleif , una bárbara-guerrera de las Tierras de los Reyes Linnord que se acaba de unir al grupo de aventureros y que, aunque parezca mentira, es más gafada para los dados que ellos. Aquí os dejo la crónica de lo que llevamos jugado escrita en forma de diario del personaje.

El próximo (que me da que será pronto) me hago un bardo...



El grupo de aventureros que me contrató no sabía el desastre que había ocurrido con la última caravana que escolté. Si lo hubieran sabido tal vez no me hubieran contratado así que pensé que era mejor no decir nada. No iba a tener tan mala suerte otra vez ¿no? Pero la mala suerte es como un amante pesado, que le gusta acompañarnos aunque lo que deseemos sea darle esquinazo.

El grupo lo componía una pareja un tanto extraña, una bruja y un paladín que parecían llevar casados ya un tiempo por la forma en la que discutían y un joven clérigo de Shelyn, que parecía muy frágil para ser un aventurero. Aunque yo no parezco frágil y ahora os contaré como acabé en mi primer combate junto a ellos.

Los conocí en una taberna, nos presento Shalelu, la exploradora que me había salvado de los ogros y a la primera insinuación acepté trabajar para ellos, no iba a encontrar otros pardillos que no supieran nada de lo mal que me iba últimamente y el dinero siempre viene bien. Estaban investigando los problemas del fuerte de los flechas negras, tenían previsto visitar al alcalde y los acompañé.

Se quedaron allí hablando con él mientras yo seguía, no muy sigilosamente, a un leñador despistado que tenía un tatuaje que les había llamado la atención. Después me explicaron que ese tatuaje era de un grupo de asesinos que marcaban a sus víctimas antes de matarlos y que estaban relacionados con el prostíbulo del pueblo, que se había quemado hacía poco en un incendio. Queríamos investigar el tema, pero era más importante averiguar qué había pasado con los flechas negras, pues era la misión que les habían encargado las autoridades de Magnimar, y por la que les pagaban.

Nos encaminamos hacia allí, Shalelu también nos acompañaba, y estábamos a mitad de camino cuando oímos un ruido que venía del bosque. Era un animal atrapado en un cepo, un enorme oso que querían liberar. Parecía peligroso acercarse a él, pero el peligro en realidad estaba por llegar, cuando apareció un ogro con un montón de perros que no tardaron en abalanzarse sobre nosotros.

El ogro estaba persiguiendo a un muchacho que hacía lo que debimos hacer todos en ese momento: correr. No fue así, nos plantamos delante del ogro, luchamos contra los perros y logramos una gran victor…

Bueno, no fue exactamente así.

Los perros fueron los primeros en atacarnos, que se abalanzaron sobre el muchacho que corría y sobre la bruja, yo sin dudarlo me lancé sobre el ogro que con un hábil movimiento de su lanza me derribó y me dejó tendida de bruces en el suelo ¡Maldito cobarde! No me dio tiempo ni a darme cuenta de qué me había pasado cuando me clavó la lanza en las costillas con tanta  fuerza que ya no vi nada más.

El paladín no tuvo mucha más suerte que yo con el ogro y también terminó en el suelo, pero se apartó rápido y se mantuvo a prudente distancia. O eso me contaron, porque en ese momento yo estaba inconsciente, me dijeron también que la bruja y el clérigo no dudaron en atacar al ogro a distancia, claro, así cualquiera,  el clérigo se arriesgó a acercarse a mi para curarme, mientras el joven desconocido arremetía contra los perros.

Recuperé la consciencia y vi que la lucha no había terminado. El ogro se encontraba cerca de mí, y giré hacia mi derecha para poder levantarme sin peligro. ¡Qué se había creído ese vil engendro! La ira se apoderaba de mí y mi rostro enrojecía. ¡Me había tirado al suelo! ¡Ahora iba a enterarse! Cargué contra él con todas mis fuerzas pero, en mi camino, encontré la maldita lanza otra vez, que se enredó en mis piernas y volví a caer al suelo.

Lo último que recuerdo es ver la lanza muy cerca de mi cabeza y luego… nada otra vez.

Cuando desperté el ogro estaba en el suelo y mis compañeros estaban vivos y maltrechos. Las heridas habían sido cuantiosas y todos estaban doloridos y cansados. Este es el momento en que en mi tierra nos decimos los unos a los otros: el dolor nos hace fuertes y valientes, pero como sé que estos dichos no son bien recibidos en estas tierras extrañas del sur no dije nada. La bruja me dio un anillo como pago por mi ¿ayuda? Y el joven desconocido nos contó que era miembro de los flechas negras, que habían sido atacados por ogros más grandes que el que nos había destrozado a nosotros y que tres compañeros suyos aún eran prisioneros.

La idea de ir a buscar un ejército para luchar contra los ogros no fue bien recibida, parecían pensar que era mejor que nos enfrentáramos nosotros solos contra ellos. Yo no tenía tan claro que fuera mejor, pero son ellos los que pagan.  El joven que ya no es desconocido ha ido a explorar la zona, mientras tanto creo que voy a practicar la lucha tumbada, por si acaso.