domingo, 5 de julio de 2009

[Relato]Ojos Huecos



OJOS HUECOS


Aquella mañana entré en el templo y me postré por última vez bajo la efigie de Priodeos. Agaché la cabeza y, con humildad, murmuré una y otra vez las palabras de la plegaria. Supliqué un perdón que no necesitaba obtener y después me marché, sin sentir su aliento en la nuca. Es sólo el aire, me dije a mí mismo. Los dioses no necesitan respirar.

En el jardín, Irena me esperaba con sus pequeñas manos entretenidas en trenzar una corona de flores. Me miró y, como siempre, me sentí desgarbado en su presencia. Demasiado largo. Sin saber nunca cómo doblar las piernas cuando me siento en el césped, a su lado. Ella no me dijo nada aunque yo asentí a su pregunta muda. Todo iba bien. Al menos era lo que me decía a mí mismo mientras intentaba esbozar a medias una sonrisa, que era sólo de compromiso pero Irena no lo notó. Nunca pareció darse cuenta de que mis sonrisas no son lo que aparentan.

Jared sí se daba cuenta, me miraba con sus ojos almendrados y me reconocía. Su fe es tan intensa que siento cómo le duele. Solía presumir de poder oír la voz del dios y yo sentía que realmente era capaz de adivinar todos mis secretos.

Esta será la última me vez, me decía a mí mismo. La última vez que la verdad se esconda, atemorizada. He superado todas las pruebas que Priodeos me ha impuesto. Me ha costado mucho llegar hasta aquí.

-Hoy es el gran día –Jared se había acercado a nosotros, aunque no se sentó en el suelo. Eso le hubiera quitado dignidad a su persona. A Jared le sobra toda la dignidad que a mi me falta. No tengo orgullo. Si lo tuviera no hubiera estado allí, en aquel momento. A unas horas de consagrarme con ellos a Priodeos.



Priodeos. El dios de los Deseos Cumplidos. Lo servimos. Lo adoramos. El nos escucha, su poder sobrepasa al del resto de los dioses. Nuestra consagración estaba decidida, si no hubiera sido por Irena no habría ido a pedirle perdón.

Ella sonreía, me miraba con sus ojos grises y confundía mi conciencia. Me hacía temblar. Dudar ¿Y si me estaba equivocando? Pedir perdón es lo más fácil. Eso la complacía. Y a partir de ese momento pensaba que yo me sentía mejor. En realidad Irena es capaz de retorcer mi alma igual que hace con las flores. Les da forma para crear algo hermoso que no significa nada.

Aquella última tarde no podía dejar de mirarla. Jared hablaba sin parar pero yo no lo escuchaba. Otras veces lo había interrumpido para golpearle con mis dudas. Aguantaba bien todos los golpes, los devolvía. Su fe es una férrea coraza que nada puede atravesar. Y realmente me esforcé por conseguirlo.

-Mañana nos llamarán Hijos de Priodeos. Seremos nosotros los que instruyamos a los novicios, jóvenesque estarán tan perdidos como lo hemos estado nosotros –dice Irena, y me miró, como si yo no estuviera ya perdido gracias a sus esfuerzos.

-Yo espero que me envíen a la corte –Jared también tenía sueños, aunque los disfrazara de obligaciones-. Allí serviré mejor a Priodeos. Las palabras del dios llegarán a los reyes, conseguiré que lo escuchen.

A través de ti, por supuesto, pero aunque lo pensé no lo dije en voz alta. Ya no tenía importancia.

-¿Qué será de ti, Dharus? –me preguntaron. Aparentemente yo no tenía sueños ni deseos, sólo dudas que corroían mi alma. Dudas que Jared había conseguido disipar con su fe. Dudas que Irena había transformado en certezas. O eso pensaban ellos.

-Serviré a Priodeos como me han enseñado –repuse, una respuesta ambigua que no admitía réplica, que no dejaba traslucir lo familiar que me resultaba el futuro. Irena sonrió, complacida. Jared en cambio dudó. Ellos han sido durante un año mis condiscípulos. Los únicos que han sobrevivido a todas mis dudas, los únicos que han conservado la fe. Sin embargo, no lo entendieron en ningún momento.

-Existen otros dioses, Dharus –me dijo Irena una vez.

-No creo en ninguno de ellos –contesté, aparentando seguridad en mi mismo.

-¿Y por qué? ¿Por qué Priodeos?

-Realmente deseo creer –era mentira, por supuesto. Una mentira más, perdida entre los recovecos de los rituales y los dogmas. El Templo de Priodeos está lleno de palabras vacías donde puede uno esconderse y pasar desapercibido. Sin despertar sospechas. Había evitado a los maestros. Sólo me había dirigido a mis condiscípulos y, entre todos, sólo ellos intentaron hacerme cambiar. Ella quería convertirme en otra persona. El esperaba verme tropezar. Y caer arrodillado a los pies del dios. Me hubiera gustado poder hacerles dudar aunque sólo hubiera sido un segundo. No conseguí que vieran las cosas tal y como yo quería que las vieran.

-Puedes engañarte a ti mismo, pero no puedes engañar a un dios –no recuerdo cual de ellos me lo dijo, posiblemente lo pensaran los dos. No creo en Priodeos, quise responderles pero ya era tarde, la frase no parecía tener ya ningún sentido.




Llegó el momento. Irena me cogió de la mano y Jared encabezó la marcha hacia el Templo. La ceremonia que nos consagraba como Hijos de Priodeos estaba a punto de comenzar. Fue ella la que entró primero y me pareció que el templo la engullía como si entrara en la boca de un dragón. Jared se quedó detrás. Seguro y digno. Su túnica flotando alrededor de sus tobillos como si fueran lenguas de fuego. Se volvió y me miró desde el dintel, desafiándome a entrar con la mirada. Estoy a punto de entrar a jurar obediencia a algo en lo que no creo. Leía las palabras en sus ojos como si reflejaran los míos. Le sostuve la mirada durante un minuto que se hizo eterno. No tenía porqué estar inquieto. Un dios que no existe no puede partirte en dos.

La ceremonia se hizo muy larga. Irena lloró, incapaz de controlar sus nervios. Jared sonreía con suficiencia. Yo sólo me sentí incómodo un momento, cuando avancé hacia la efigie de Priodeos y mis ojos se encontraron con sus ojos ciegos. Repetí los ritos, dejé que derramaran sobre mi cabeza oro líquido y esperé la señal que me delataría como farsante a los ojos de todos. Realmente lo deseaba. Pero el dios no me partió en dos ni mis compañeros me delataron.

Me llamaron entonces Hijo de Priodeos. Me dieron la túnica azul y la máscara de plata que nunca me he puesto. Me hubiera gustado quedarme en el Templo, como Irena, pero me han mandado lejos. No todos los deseos pueden cumplirse, al menos no se cumplen para los servidores del dios.

Regresé al Templo aquella noche, cuando las luces estaban apagadas y los oropeles de la ceremonia ya habían desaparecido. Jared estaba allí, rezando bajo la silueta azul de Priodeos. Igual que yo había hecho aquella misma mañana, estaba pidiendo perdón. Reconocí al instante las palabras de la plegaria.



-Nadie te ve rezando, Jared. No hay nadie en el templo a estas horas.

-El me ve.

Me encogí de hombros, es una conversación que habíamos tenido muchas veces. Cuando terminó su oración se levantó y me miró.

-Sólo él puede ver mi debilidad, igual que sólo a él le muestras tu fuerza.

-No le muestro nada. Y, aunque lo haga, no puede verme.

-¿Y a qué has venido, Dharus? Priodeos no existe. Es una estatua azul con ojos vacíos delante de la que nos arrodillamos.

-¿Estás seguro? -¿te he convencido, después de todo?

-¿Estás seguro, Dharus?

Jared me dejó allí. Solo. Temblando. Y allí, a solas, decidí no postrarme más a los pies de mi dios.

-No soy más que una de tus pruebas –le dije, mirando los huecos oscuros que eran sus ojos-. Ahora me marcharé aotro templo, fingiré ser nuevamente un acólito, derribaré las ilusiones de mis nuevos compañeros y tomaré otra vez los ritos con los que queden después de la última de las cribas. Y cada vez que lo hago pongo a prueba mi fe, hasta que ya no sé cuando estoy realmente defendiendo aquello en lo que creo. Ojalá no creyera en ti, Priodeos. Ojalá realmente no creyera. Sería más fácil.

Le di la espalda a la figura y no sentí el aire rozando mi cuello.

Ahora camino hacia Ithvish. Nunca he viajado tan al sur. Será mi quinto Templo, la quinta vez que me consagre al dios. Hay momentos en los que siento la tentación de detenerme en algún pueblo del camino y quedarme allí. Vestir la túnica azul y ponerme la máscara que ocultará mi rostro. Ser realmente yo mismo. Pero eso no es lo que Priodeos desea de mi, y yo me consagré para servirlo. A veces mepregunto por qué lo hice. Por qué lo hago una y otra vez. A veces me pregunto de quién es realmente la voz que me dirige.





Nota: Las imágenes que acompañan al relato son del Templo de Angkor, en Camboya.

sábado, 13 de junio de 2009

[Relato] La Tumba del Héroe

El héroe descansa en su tumba de cristal, parece que está dormido, las largas pestañas parecen moverse, como si estuviera soñando, y el rictus de su boca es triste. Han lavado sus heridas y han cubierto su cuerpo con sedas blancas, nadie puede ver los estragos que las mil batallas han hecho en su cuerpo. Ya no cojea al andar ni sus manos tiemblan después de beber demasiado. Su brillante armadura es nueva y no está abollada. Si despertaras no te reconocerías, Arknek, pero estás muerto y la última batalla está perdida.

–Era sólo un hombre -dice Ismeth y yo asiento con la cabeza.

–Sí, y también es un símbolo. Ahora los hombres arrojan las armas y huyen y las mujeres se esconden con sus hijos. Si todos vieran su brillante espada avanzando hacia la batalla correrían tras él, lucharían a su lado, tendríamos una oportunidad. Aunque sea demasiado viejo ya para luchar y su espada no nos traiga la victoria, al menos nos dará esperanza para continuar luchando –le digo, pero ella no parece convencida. Ismeth tiene los largos cabellos blancos y el rostro arrugado, dicen las historias ue cuando yo nací era ya vieja, aún lo sigue siendo, sus dedos retorcidos tocan el cristal con cuidado, como si quemara. Lo observa. Yo no aguanto más y golpeo el cristal con todas mis fuerzas, lo golpeo hasta que se rompe en mil pedazos. La sangre de mi mano mancha la seda blanca.

Ahora lo veo como realmente es, en una tumba de cristales rotos, esperanzas hecha pedazos, la espada que ha matado a dragones y despedazado a enemigos ha resbalado de la mano y cae al suelo, retumba en el silencio. Ya es demasiado tarde.
Hemos perdido si nadie nos conduce a la batalla. Miro a Ismeth con ojos suplicantes. ¿Lo harás, Ismeth? ¿Lo harás?

Velázquez

Ismeth retira la seda, los brazos están cubiertos de cicatrices, necesita mi ayuda para quitarle la armadura y soy yo el que la separa de su cuerpo y la deja a un lado, me sorprende el tajo que tiene al costado. Lo han limpiado, pero la herida es de color negro, la carne había empezado a pudrirse antes de que aplicaran sobre él los ungüentos que evitan la corrupción. Me agacho y recojo la espada, pesa demasiado para mí, la coloco junto a su mano y cierro los dedos de Arknek en torno a la empuñadura. Es lo único que era realmente suyo. Lo único que va a necesitar ahora. Los dedos están fríos y rígidos y temo romperlos, es mi mano la que hace fuerza, mi mano la que sostiene la espada. Así será. Estoy preparado.

Me siento a su lado, compartiendo el estrecho catafalco, los cristales se clavan en mi piel pero no me atrevo a quejarme. Ismeth podría echarse atrás. Sus pequeños ojos me miran y parecen leer mis pensamientos. Sabe que tengo miedo.

–Podemos parar, Althis -me dice. Lo pienso un momento. Puedo parar. ¿Y qué conseguiré? Morir mañana mientras veo cómo toda mi gente muere conmigo. Asiento con la cabeza sin pensarlo más. No quiero pensarlo más. Podría arrepentirme.

Ismeth da la vuelta a la tumba, esparciendo pétalos de rosa y hojas secas de enebro, murmurando letanías que no comprendo. Tengo miedo. De repente tengo miedo. Aprieto la mano del cadáver como si él pudiera quitármelo, pero me contengo a tiempo. Si le rompo los huesos no servirá de nada. Esa mano tiene que empuñar la espada.

Arknek siempre fue el más valiente, el más orgulloso de nuestros generales. Se cuenta que ha luchado contra dragones y los ha vencido. Condujo a nuestro ejército a la guerra y volvimos triunfantes, todos los jóvenes soñábamos con luchar a su lado. Cuenta la leyenda que después de recibir el golpe mortal se mantuvo de pie y continuó luchando durante horas, hasta que la batalla terminó y cayó al suelo. Tu sangre regó la de tus enemigos y nosotros recogimos tu cuerpo y te hicimos esta tumba. ¿Qué vas a pensar, al verla? Cuando abras los ojos y veas que la guerra continúa, y que ahora vamos a perder. Necesitamos que vuelvas a empuñar la espada. Te necesitamos.

El canto de Ismeth se hace más fuerte, más potente, y espero a sentirme cansado. Las fuerzas me abandonan y la mano que sujeta la espada se abre, oigo como el arma cae al suelo de nuevo, pero no soy capaz ya de moverme y recogerla. Tendrás que hacerlo tú, cuando te levantes. Lo harás tú con mi sangre, mi fuerza, mi vida.

Ahora mis manos están frías como las tuyas y veo borroso, noto cómo tus párpados se mueven, el pecho comienza a elevarse y a respirar al mismo tiempo que a mí me cuesta cada vez más trabajo hacerlo. El color vuelve a tu rostro y abandona el mío, ya no oigo las palabras extrañas de Ismeth, aun veo, espero poder hacerlo hasta que abras los ojos. Noto ya la sangre recorriendo tus heridas.

Tengo miedo. Quiero gritar pero no tengo fuerzas. Ismeth. Ismeth. ¿Qué está pasando? Todas las heridas de Arknek están abiertas y la sangre, mi sangre, se derrama por ellas como un torrente. No puedo hacer nada para contenerla. Su pecho se retuerce entre estertores, rechazando el aire que se adentra en sus pulmones. ¿Qué ocurre, Ismeth? Has dejado de cantar. Tu cabellos blancos también se han manchado de sangre.

No puedo sostenerme y mi cabeza cae sobre el cuerpo de Arknek. El cuerpo del héroe. Su respiración se hace cada vez más débil, como la mía. La sangre que sale de sus heridas me mancha el rostro y se mezcla con mis lágrimas, o con las suyas. No sé cual de los dos etá llorando. ¿Qué ha salido mal, Ismeth?

–No le preguntamos si él quería volver -la voz de Ismeth pareció salir de las profundidades de mi cabeza, igual que sus pasos al alejarse y dejarme solo, en la tumba de cristales rotos. El cuerpo de Arknek se vuelve cada vez más frío. El mío también. Nadie recogerá la espada del suelo.

Sword por Conceptions

martes, 9 de junio de 2009

[Partida]Crónicas de Hyboria.




Aswarya se aleja de su tierra y recorre un mundo desconocido. Está sola y a la vez no lo está. Todo lo descubre con ojos nuevos y yo camino junto a ella. Sufro, lloro y río con ella, y me ilusiono al pensar en ver el mar por primera vez.

No tenía mucha confianza antes de entrar en esta partida. Era una ambientación nueva y desconocida para mí y no sabía si podría adaptarme a ella. Es un mundo duro, y en cada turno temo que mi personaje se muera, pero es también una partida que me enciende, me hace pensar y sentir, buscar, mi imaginación se llena de sensaciones que quieren salir. Y escribo y disfruto haciéndolo como cuando escribo historias. Muy pocas veces cuando termino un turno me siento tan dentro del personaje, como si realmente yo fuera ella, pocas veces termino un turno sintiendo que ha sido especial y que lo he hecho bien.

Os dejo hoy el último. Huimos de un grupo de bandidos que nos persiguen, mi compañero está herido y nos ocultamos en un bosque, y hago lo que puedo para que su espíritu no se aleje de su cuerpo.


El miedo nos sigue, nos atenaza, es nuestro más cruel perseguidor. Aquel a quien no podemos engañar. No puedo negarme a mí misma que estoy asustada. Que tengo miedo. Veo a Lucos desangrandose, aguantando, con esa sonrisa que no consigue ocultar el dolor que siente. Lo tumbamos en el suelo y me siento a su lado.


Calla. Calla. No, sigue hablando. Mientras hables estás vivo. Mientras hables tu espiritu no se unirá a los que me acompañan. Ya he perdido a demasiada gente. Demasiada. No quiero arrancar uno de tus dedos y unirlo a mi cinturón de huesos. Necesito la carne, el calor, la sonrisa y el sonido de los dados. La herida no sería grave si no tuvieramos que movernos, si no nos persiguieran, si el tiempo no jugara en contra nuestra. ¡Ah! Lucos, la suerte podria sonreirte al menos una vez. Al menos esta vez.


Me dices que busque una hondonada, el bosque no sirve. No, el bosque nos da un tiempo precioso que tengo que aprovechar. Quizás hubiera sido más sencillo nadar hacia la barca. Kerkan no habria perdido la oportunidad de ayudar a la princesa y llevarla a su destino, pero habriamos tenido que abandonarte, Lucos, y no estoy dispuesta a hacer eso. Ni siquiera lo entiendes, estoy segura de que ni siquiera lo entiendes. Posiblemente ellos tampoco. Me miran, como si supiera qué estoy haciendo. Lucos traduce lo que hablan. Sí, traduce, pideles que vigilen, que se preocupen ellos. Yo no puedo. Ni siquiera me salen ya las palabras.



Los muertos revolotean a tu alrededor, presienten que serás su próximo compañero. ¿Es que no veis que lo necesito con vida? No le tendáis los brazos, no le acojáis. Todavía no. Todavía no. Me quedaré sola en un mundo que no entiendo y que no me entiende. Levanto la cabeza y miro a la princesa, a su doncella, al guardia. Cansados, asustados, sangre seca, sudor y polvo. Trago saliva, pero soy incapaz de decir nada, espero que entiendan que ahora Lucos es lo más importante.


Me vuelvo hacia él. Dejo que mis dedos jueguen con su cabello, recorro la línea de su mentón, bajo mi rostro y le doy un beso, las lágrimas recorren mis mejillas, el guardia habla pero no lo entiendo, no quiero entenderlo. Aprieto la mano de Lucos con fuerza, su espiritu se tambalea, inquieto, puedo verlo como una larga mancha que se extiende sobre su cuerpo. Todavía duda, es un niño indefenso en el mundo de los muertos. Mira sorprendido todo lo que le rodea, ahora ve las cosas de distinta forma, o quizás todavía esté ciego y no las vea. Todavía está demasiado cerca de este mundo.


Glan fue niño antes de morir, ahora es el primero que extiende sus brazos hacia el desconocido que llega a su reino. Los veo, puedo verlos. Y podria extender mis manos y tocarlos si tuviera tiempo, si no estuviera sosteniendo la mano de Lucos. No voy a soltarla. Aplico sobre la herida una hojas de muérdago. Seco mis lágrimas. No veo más nítido a pesar de eso. Estoy tan cerca del mundo de los fantasmas que podría tocarlos, podrian verme. ¿Me oyen? ¿Me ois?


-Ayudadme -les pido, y mi súplica es un lamento lleno de dolor, un canto fúnebre-. No ha llegado su momento todavía, no es su momento. Si queréis que siga viva él también tiene que vivir. Habladle. Hacedle volver. Lo necesito. El peligro será mucho mayor si él no me acompaña. Lo sabéis.

m.s. Spirit Realm de withe angel ariah

Intento reconocer las formas de los muertos, pero se tornan borrosos, se entremezclan unos con otros. Extiendo mi mano y dejo que sus espiritus se enreden entre mis dedos, no puedo caminar con vosotros hoy. Hoy tengo que quedarme a este lado.

-Abuela. Abuela. ¿Eres tú? Atiende mi súplica. Siente mi dolor. Penetra en mis sentidos, mira con mis ojos. Ayudame. Ayúdalo.

Las sombras se tornan más intensas y ya no veo lo que tengo a mi alrededor. Solo las veo a ellas. Si el guardia sigue hablando yo ya no le escucho. Lo único real ahora es la mano de Lucos a la que me aferro. La aprieto con fuerza aunque él apenas cierra la suya en torno a la mia. Se me escapa. Se me escapa.

-Lucos. Lucos. No es momento. Tienes que volver a tu cuerpo. Tienes que ayudarnos. Me has metido en este lio y tienes que sacarme de él. No podemos seguir sin ti y no estás preparado. ¿No ves que la herida se va a cerrar? El muerdago detiene la hemoragia y ayuda a cicatrizar la herida. Te pondrás bien. Pero no puedes rendirte ahora. Tienes que volver. Mírame. Mírame con tus ojos. No mires a los muertos que me acompañan, no tienes que ir con ellos. No es tu momento. Regresa. Regresa a mi. Aprieta mi mano. Lucos. Aprieta mi mano. Regresa.

Noto el miedo a mi alrededor. Es un sentimiento. Una sensación. Ni siquiera sé si procede de mi, de mis compañeros, o de los muertos. Mis sentidos están en el puente. Sin pasar al otro lado, sin volver a este. Extiendo la mano hacia la sombra que se agita sin separarse de Lucos, mi cuerpo real apretando su mano real, mi espiritu intentando alcanzar el suyo. Mi personal partida de dados. Mi apuesta. No me has enseñado a perder, Lucos, no me has enseñado. No sé perder y mantener la sonrisa. Me echaré a llorar.

Ya estoy llorando.






jueves, 4 de junio de 2009

Cuando llega la noche (El Actor)

Interior del teatro Farnesio - Ferdinando Galli-Bibiena



CUANDO LLEGA LA NOCHE

Ahora te aferras a un mundo inventado de palabras huecas. Ser otro parece más fácil, más intenso. Haces tuyas sus palabras y sientes sus sentimientos mientras los tuyos se quedan escondidos, aunque sabes que llegará el momento de hacerles frente.

Y por la mañana te despiertas sin saber si realmente son tuyos todos los recuerdos. La cabeza rubia que reposa sobre la almohada no es la que ríe en tus sueños. "Si volviera a verla, mi vida sería real. Sí sólamente volviera a verla" piensas, pero sabes que verla no sería suficiente. Nunca sería suficiente.

Te levantas despacio y abres la ventana. El aire frío revuelve tu cabello mientras contemplas el teatro que, en el edificio de enfrente, parece muerto y triste.

Sólo es una ilusión. Cuando llega la noche se encienden las luces y el letrero refulge alegre y luminoso de nuevo. Dentro, los aplausos suenan mientras la sala entera, puesta de pie, te ovaciona. Eso es real, quizás lo único real y, en ese momento, sólo durante un instante, sientes que eres realmente tú.

Monday Night at the Metropolitan - Reginald Marsh

jueves, 21 de mayo de 2009

[Relato] La Caza del Dragón



LA CAZA DEL DRAGON


Todo está oscuro a mi alrededor. No me atrevo a encender la antorcha. Debería hacerlo; el dragón puede olerme, quizás hasta pueda ver en la oscuridad. No voy a tener suerte esta vez, no puedo tener tanta suerte.

Adentrarme entre las rocas ha sido fácil, muy fácil. Avanzar despacio, en la oscuridad, intentando no hacer ruido. Desenvainar la espada y enarbolarla frente a mí, como si pudiera hacer daño al dragón, como si fuera capaz de hacerle daño.

Éste es rojo, como el fuego. Sólo lo he visto de lejos, volando en la distancia mientras los lugareños lo señalaban asustados. Tienes que ir por él, me decían. Tienes que matarlo, antes de que arrase la aldea. Tienes que acabar con él. Virgil Cazadragones. Ése soy yo. Así me llaman. Así me hago llamar cuando llego a un lugar donde no me conocen. Les enseño la escama que conservo de recuerdo, pesa en mis alforjas y tiene un intenso color cobalto, porque aquel dragón era azul. Enorme y azul. Me miraba a pesar de que tenía una nube rojiza delante de los ojos y no podía verme. Yo no dejaba de temblar. Eso no lo cuento. No. Eso nunca lo cuento.

Eran días confusos, cuando la guerra llegó a nuestra pequeña aldea y todos corríamos para huir de los dragones. Dejamos atrás la casa, la huerta, el camino y el bosque. Corríamos montaña arriba y cada vez éramos menos, cada vez estábamos más cansados. Yo no llevaba más armas que una azada que había cogido al pasar por el establo. El dragón pasaba volando sobre nuestras cabezas y nos encogíamos de terror.

Algunos decían que era mejor quedarse allí, tumbado sobre la tierra húmeda. Que no importaba cuanto corriéramos porque el dragón siempre podría alcanzarnos. Algunos imploraban que atacara ya, que era mejor la muerte que soportar ese miedo espantoso que nos atenazaba cada vez que lo veíamos a lo lejos. Yo no estaba de acuerdo. Yo quería seguir adelante. Quería continuar vivo y los empujaba a continuar. Hasta que todos se quedaron atrás y me quedé solo. Subiendo aquella montaña que no parecía terminarse nunca. Intentando alejarme de aquel monstruo que planeaba bajo las nubes y que nunca parecía estar demasiado lejos.

Encontré un riachuelo de agua fresca y me detuve allí a descansar. Estaba atardeciendo y tenía que encontrar un lugar donde esconderme. A lo lejos mi aldea era simplemente una mancha de humo que se retorcía en torno a los dragones que aún la sobrevolaban. Lo veía todo muy lejano y pensé que había escapado. Nadie me buscaría en las montañas. Sólo era un campesino. ¿Por qué iban a hacerlo? Me lo decía a mí mismo para tranquilizarme porque, aunque estaba lejos, yo seguía sintiendo el miedo al dragón.

Es una sensación extraña que aún no he conseguido olvidar. Un pavor que te paraliza o te hace correr sin parar, sin pensar en lo que estás haciendo. Los guerreros sueltan sus armas y salen corriendo. Los indefensos se quedan quietos, sin poder moverse. Ni siquiera los héroes se libran de ese miedo y yo no soy un héroe. Pero eso tampoco lo cuento.

Ahora no tengo miedo. El dragón tiene que estar todavía lejos, me queda mucho camino por recorrer hasta encontrarlo. Debería envainar la espada y avanzar más deprisa. Tiene que ser ya de noche aunque aquí dentro no se nota el paso del tiempo. Los segundos se alargan hasta el infinito. Creo que llevo horas caminando y en realidad sólo habrán sido minutos, o quizás días. Los brazos me duelen de sostener la espada tan tensa. Podría volver atrás. No tengo que demostrar nada, sólo reconocer que he estado mintiendo. Miré a un dragón azul a los ojos. Lo que nunca cuento es que él no me vio.

Dragonhead por Eic


Era enorme, brillante, el sol del atardecer daba reflejos plateados a sus escamas. Me quedé paralizado ante él, sin saber qué hacer. El terror era tan grande que aunque deseaba salir corriendo mis piernas se negaban a responder. O quizás era que estaba demasiado cansado ya.

El hocico estaba frente a mí, olisqueando el aire. Buscándome. No sé cómo me di cuenta de que sus ojos estaban ciegos. Uno lo tenía cerrado completamente, como si el dolor que sintiera en él fuera tan grande que le impidiera abrirlo. El otro tenía una mancha sangrienta delante la pupila. Lo movía, pero no me veía. Abrió la boca, como si quisiera decirme algo, pero no lo hizo. Tal vez fuera una palabra de amenaza, tal vez simplemente era un bostezo. Yo no lo sabía. Mis piernas estaban paralizadas pero mis ojos miraron a mi alrededor, buscando algo con lo que pudiera defenderme. La azada había resbalado de mis manos y no me atrevía a agacharme a recogerla. Hubiera sido como atacarle con una brizna de paja y lo sabía. Busqué, pero no encontré nada.

Ninguna espada reposaba en el suelo, a mis pies, brillante como un don de los dioses. No la cogí sintiendo que no pesaba nada, no ataqué con ella al dragón. Eso es lo que cuento en las tabernas por las noches, cuando mis oyentes se quedan con la boca abierta, asombrados. Les enseño la espada que llevo ahora, un acero pulido y brillante, con la empuñadura dorada. No les cuento que se la compré a un buhonero y que no hubiera podido atravesar con ella la coraza azul del dragón. Tampoco les cuento que no me hizo falta.

El dragón levantó la cabeza y yo retrocedí un paso. Nada más que un paso. El miedo me impedía hacer más. Extendió una de las alas y el viento me tiró al suelo, entonces enterré la cabeza en la tierra y esperé. Quizás fueron sólo segundos pero se me hicieron eternos. Intentaba no moverme, no respirar. Soñaba que el dragón no se daría cuenta de mi presencia y levantaría el vuelo. Vi que la azada estaba a mi alcance y extendí la mano para cogerla. El dragón debió oírme porque olisqueó otra vez el aire y plegó las alas. Levanté la cabeza y lo miré, esperando el final.

Levantó su enorme cuerpo muy despacio. Yo no podía dejar de mirarlo. Nunca había estado tan cerca de un dragón. Nunca he vuelto a estarlo. Intenté incorporarme, pero no por valentía. Enfrentarse a la muerte con la cabeza alta es cosa de héroes y de caballeros. No sé por qué lo hice. En ese momento no pensaba. Quizás creía que podría escapar pese a todo. Posiblemente. Al final en lo único que piensas es qué hacer para sobrevivir.

Una de sus enormes garras arañó el aire. ¿Me estaba buscando o simplemente estaba intentando dar un paso? Venía hacia mí, de eso no había duda. Era el momento de salir corriendo. No podía esperar más. La garra se extendió en el aire y vi su sombra sobre mi cabeza. Entonces tembló. El animal se revolvió, como si le hubieran atacado desde algún sitio, abrió la boca y se desplomó delante de mí.

El suelo vibró y oí gritos a lo lejos. La garra había quedado a escasos centímetros de mi cuerpo y la cabeza del dragón estaba tan cerca que hubiera podido tocarla sólo con alargar la mano. Entonces me fijé en él y vi los desgarrones de sus alas, su cuerpo descamado en algunas zonas, las arrugas que se marcaban en las extremidades. El dragón había muerto y yo no había tenido que hacer nada. Quizá era demasiado viejo y no había podido soportar la batalla. Quizás estaba herido aunque yo no supiera dónde. No intenté averiguarlo. Pronto llegaron los demás y me vieron junto al dragón muerto. Me levantaron en brazos y me aclamaron como un héroe. Era el momento de decirles que no debían hacerlo, que yo no había hecho nada, pero me gustó que me llamaran héroe y no dije nada. Nunca he dicho nada.

Alguien le arrancó la escama y me la dio. Yo ni siquiera hice eso, aunque es lo que cuento cuando llego al final de la historia. No toqué al dragón, me daba miedo aunque estuviera muerto. La boca se le había quedado entreabierta y su ojo ensangrentado parece mirarme a través de los sueños. Aún lo veo en las noches oscuras y me despierto pensando que la brisa es su aliento.

Y ahora estoy aquí. Llevo años viviendo sobre una mentira. Esperando el momento en que me descubran. Quizás sea esta vez. Si sobrevivo. ¿Cómo explicar que he salido corriendo? Y ya he llegado demasiado lejos. Hace frío. Siento una fresca corriente de aire que tiene que venir de alguna parte. Del exterior. Quizás no sea tarde para salir corriendo. Veo luz al final de este estrecho pasadizo, el reflejo plateado de la luna. Todavía lo sigo pensando. Enfrentarme al dragón ymorir. Huir, marcharme muy lejos y no regresar nunca. Cambiar de nombre, olvidar la escama azul que llevo en las alforjas. Salir fuera de esta cueva y sentarme bajo la luz de la luna.

Estoy casi en la cima de la montaña. Ni siquiera me he dado cuenta de que todo este tiempo he estado subiendo. El pueblo está abajo, si bajo por esta ladera me verán... ¿Qué es eso? Una escama roja. Es mucho más brillante que la azul. Pero el dragón no puede entrar por ese agujero del que yo he salido. Tiene que haber otra entrada por aquí cerca, un hueco mayor en la roca que el que he visto. Quizás si subo un poco más... pero podría retroceder. Llevarles la escama roja y decirles que he matado al dragón. ¿Cómo distinguir un dragón de otro? Si me marcho esta misma noche nadie sabrá nada. Verán un dragón pero pensarán que es otro. ¿Cómo distinguir un dragón de otro? Yo lo he matado. Tengo la prueba. Regresaré

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El dragón rojo planeó sobre el pequeño pueblo pero no hizo nada. De momento se conformaba con las cabras y las ovejas, no quería llamar la atención y que lo llamaran a la guerra que se libraba ya lejos de allí. Él había preferido instalarse allí y tomarse un descanso, reposar en aquella cálida cueva que había encontrado y pensar tranquilamente si era más divertido unirse a los dragones en guerra o mantenerse al margen y sembrar el terror dónde le apeteciera y cuando le apeteciera. Aquél era un buen lugar para sentir el miedo de los hombres.

La pequeña aldea cercana a la montaña era toda una fuente de satisfacción para él. Le encantaba ver a los lugareños corriendo despavoridos cada vez que se dejaba ver. No hacía falta que hiciera nada. A veces desplegaba el miedo al dragón pero no era necesario. Gritaban y señalaban al cielo y luego huían hacia el bosque cercano. Como si él no fuera capaz de quemar aquellos enclenques árboles con su aliento.

Pero no debía fiarse de ellos. Los humanos eran incontrolables e imprevisibles. Cuando menos lo esperaba representaban un peligro. Lo habían demostrado durante la guerra y le volverían a plantear problemas en cuanto pudieran. Pero él no los iba a dejar esta vez.

Planeó suavemente, acercándose a la montaña muy despacio. Contemplando su nuevo hogar con orgullo, ninguno de sus congéneres sería capaz de dar con la entrada a su morada, ni se imaginaban el tesoro que había conseguido acumular dentro. No echaba de menos la guerra, aunque había sacado provecho de ella. Sabía que tarde o temprano le apetecería volver a luchar y la guerra le estaría esperando, pero no tenía prisa.

Ahora lo que le preocupaban eran esos pequeños humanos que lo miraban aterrorizados. No tardarían en intentar llegar hasta su cueva. Los conocía, sabía de lo que eran capaces, no se fiaba de ninguno de ellos. ¿Acaso no estaban ya allí? El dragón rojo contempló cómo la pequeña figura intentaba trepar por la ladera de la montaña. Desde allí era difícil saber si estaba subiendo o bajando. No importaba. Estaba demasiado cerca.



Se acercó a él y se posó sobre una roca. Lo miró. El humano tenía una espada en la mano y no dejaba de temblar. Lo miró a los ojos y el dragón rojo le devolvió la mirada, curioso más que enfadado. No parecía haberse llevado nada de su tesoro. El hombre abrió la mano y dejo caer algo pequeño y rojo al suelo. El dragón esperó. Esperó, pero el hombre no echó a correr. Se limitó a quedarse allí, temblando y tragando saliva.

-¿Has venido solo? –la potente voz del dragón retumbó a su alrededor y el hombre comenzó a asentir con la cabeza, como si el nudo de su garganta fuera tan grande que le impidiera hablar-. Espero que sea verdad.


El dragón rojo abrió la boca en lo que parecía ser una sonrisa y, cogiendo aire, dejó que las llamas surgieran de sus entrañas y cubrieran la figura temblorosa del humano. Le parecía que había intentado echar a correr, al final, cuando ya era demasiado tarde. El cuerpo carbonizado quedó a sus pies. Con un gesto de satisfacción en el rostro, el dragón aferró el cuerpo con sus garras, arrastrándolo hasta su cubil. La espada se quedó allí, sobre las rocas, la dorada empuñadura ennegrecida por el fuego se había deformado hasta convertirse en un muñón grisáceo.



A su lado la escama roja brillaba bajo la luz de la luna.

sábado, 9 de mayo de 2009

Crónicas desde las tierras del dragón: Preludio.



Carta de Dhariil Rashas a su hermana Dharashana


Querida Hermana:


No va a ser esta una carta llena de trivialidades para que sepas como estamos. Hoy más que nunca echo de menos que estés a mi lado y me ayudes a entender todo lo que me ha pasado. No estoy en casa, sino de camino hacia un lugar desconocido que puede que sólo exista en las leyendas. Pero creo en él, sí, creo. Quiero creer que todo lo que me ha pasado nos trae una esperanza.

Viajo con desconocidos, nos hemos sentado a descansar después de muchas horas cabalgando. Lucan, el humano, ha hecho una hoguera. Ineluki es enana y viajo también con otro compatriota elfo, un kalanesti que aprecia las virtudes de la civilización y ha estado estudiando magia con nuestros hermanos silvanestis. Hemos hablado un rato y después he sacado el pergamino para escribirte. No debería haberlo hecho, debería primero pensar y poner en orden mis ideas, pero siento la necesidad de contártelo todo. Y no sé cómo empezar.

Nuestro padre ya expuso su gran ambición ante la Asamblea, crear una única ciudad elfa, donde los distintos pueblos podremos vivir en armonía, paz y, con el tiempo, volver a ser un único pueblo. Es una idea hermosa, aunque parece tan difícil de lograr. Demasiadas cosas nos separan y el proceso será largo y difícil, pero no por eso debemos dejar de intentarlo. Ya hemos renunciado a muchas cosas, a nuestra patria. Si el exilio permite que los elfos seamos de nuevo un único pueblo algo bueno habrá salido de nuestra desgracia.

Se trataron otros asuntos en la Asamblea, de proteger nuestras fronteras y mandar ayuda a los solámnicos, pero no es de eso de lo que quiero hablarte. Ineluki y yo fuimos enviados al pueblo kalanesti para contarles que habíamos decidido crear una gran capital elfa en Ergoth. No hay representantes kalanestis en la Asamblea, nuestro padre dice que no entenderían nada y pude comprobar que es cierto. Les costó entender la propuesta y no se mostraron muy contentos con ella. En realidad la mayoría lo tomaron muy mal y querían marcharse a pesar de nuestros esfuerzos por convencerles. Al final el consejo de sabios kalanesti decidió que fuéramos a preguntar a Sauce de Invierno, un druida muy anciano y muy respetado entre los kalanestis. No me importó ir, nosotros íbamos a explicarle las cosas mejor que los reacios kalanestis.

Bosque de Pedro González
Adentrarse en los bosques de Ergoth es como entrar en otro mundo. La naturaleza es arisca, salvaje y los kalanestis no sienten la necesidad de domarla y volverla agradable. ¿Puede un elfo sentirse fuera de lugar dentro del bosque? Así me sentía yo y seguramente tú te sentirías igual a pesar de estar acostumbrada a perderte durante días en el bosque de Qualinesti. Nos acompañaba un joven kalanesti llamado Curil-kal, que nos explicó que no había un camino para llegar hasta Sauce, sino que era el anciano elfo el que debía encontrarnos a nosotros.

La primera sorpresa en el bosque nos la llevamos al descubrir a un draconiano. Luchaba contra con un lobo blanco y nos aprestamos a ayudarle. Yo me quedé atrás, disparando flechas que me recordaban que tú eres la arquera de la familia, pues no dio ni una en el blanco. Mis compañeros en cambio tuvieron mejor suerte y consiguieron acabar con él. Nos preguntamos qué haría aquel draconiano solo en el bosque pero no tuvimos tiempo de pensar más. El lobo nos miraba como si quisiera que lo siguiéramos.

White Wolf de Indigo Ocean

No lo dudamos mucho y fuimos tras él. Curil-kal estaba seguro de que nos llevaría ante Sauce y tampoco teníamos otra forma de encontrarle. Nos internamos más en el bosque, cada vez era más complicado avanzar, parecía como si las plantas quisieran impedirnos el paso. En un momento incluso intentaron apresarnos como si fueran tentáculos, pero conseguimos escapar de ellas. Yo esperaba encontrar ya a Sauce de Invierno, pero todavía nos acechaban peligros.

Aquella fue una de las cosas más extrañas que he visto nunca. Unas extrañas criaturas llamadas "Gorros Rojos" que parecieron surgir de la nada y atacarnos. Me defendí con el estoque, ante el asombro de mi compañera enana, que no esperaba que las armas élficas sirvieran para algo. Le expliqué que las armas élficas son suaves, ligeras y certeras pero a pesar de eso no tiene mucha confianza en ellas. Ya sabes como son los enanos, si no sienten el peso del arma en sus manos les parece que sostienen aire.

Luchamos hasta librarnos de la criatura y lo sorprendente fue que, cuando conseguimos acabar con ella, su cuerpo desapareció y sólo quedó un diente en el suelo. Me acerqué al diente con curiosidad, extrañado por todo aquello, pero no llegué a tocarlo pues al momento nos vimos rodeados por un grupo de esas criaturas con las mismas malas intenciones que la primera. Hermana, puede que te parezca extraño lo que voy a contar, y aun así me debato entre si fue real o no, pero veo la sagrada llave esmeralda y me convenzo de que sí es real y que hay esperanza, una parte de mi mente me dice que no me deje llevar por mis deseos pero quizás sea bueno por una vez dejarse llevar. Al menos quiero intentarlo.

El despliegue de poder que se desató de pronto fue enorme y los Gorros Rojos desaparecieron. ya no me preocupé de recoger ninguno de los dientes que quedaron desperdigados por el suelo y se quedaron allí. Nosotros, apremiados por la llamada del lobo y el convencimiento de que Sauce estaba estaba cerca y nos esperaba, seguimos adelante. El bosque parecía volverse más amable cuando nos acercábamos a él, como si le rindiera pleitesía a ese anciano elfo que nos esperaba y que parecía saberlo todo de nosotros.

Nunca he visto a nadie tan anciano, pensar que él vivió una época en la que la Reina Oscura no dominaba el mundo, que conoció a los dioses del Bien antes de que se convirtieran en leyenda. Me hubiera gustado quedarme con él y simplemente sentarme a su lado y oírlo hablar.

Me disperso, han sido tantas las cosas que he vivido en estos últimos días que no parece suficiente una carta para contártelas todas. Ya llego al final y es tan importante que no sé cómo contarlo con el respeto y la devoción que se merece Sauce.
Nos recibió bien, como si nos llevara esperando mucho tiempo. Sentí un enorme respeto por él y lo saludé con educación, explicándole los motivos que nos habían llevado a buscarle. Nos respondió mediante acertijos, habló de un libertador para los kalanestis. No entendí eso, no necesitan liberarse de nosotros, somos sus hermanos y aprenderán nuestras costumbres y formaran parte de nuestro pueblo. Intenté explicarle que no somos un peligro para ellos pero reconozco que a veces yo mismo dudo, nuestra cultura es muy superior a la suya y debemos ayudarlos a cambiar. Es lo mejor para ellos, aunque a veces me pregunto si realmente debemos ayudarlos. Ellos son felices. ¿no sería mejor dejarlos elegir su propio camino? Claro que si no les enseñamos las alternativas, no pueden elegir si no las conocen. Estoy muy confuso.

Sauce me preguntó entonces si creía en los dioses del Bien. ¡Oh, hermana! Ojalá hubieras estado aquí conmigo! Sauce sabía que he estudiado mucho al respecto, que he leído muchos libros antiguos. ¿Y creo? No podía decir que sí, no tengo ninguna prueba. Mi corazón quiere creer, lo desea más que nada, pero no tengo ninguna certeza. ¿Cómo puedo afirmar que existen? Mostrar una seguridad que no poseo. Así me mostré ante Sauce, ingenuo y torpe. Quería decirle que sí, pero no fui capaz. El anciano me miró entonces con comprensión, y me entregó la llave esmeralda, un objeto sagrado de los dioses del Bien. Ese objeto es la esperanza, me dijo que estoy cerca de los dioses y desde entonces estoy preguntándome si realmente soy capa de alcanzarlos. No tengo aún la fe que sentía Sauce, sé que soy débil e inseguro todavía, pero estoy en el camino para encontrarlos y los encontraré. Ahora es como si los dioses me estuvieran mirando.

Tenemos que viajar hacia un lugar para usar la llave. No me asustan los peligros ahora, he sido elegido para esta misión y voy a cumplirla. No decepcionaré a Sauce ni a los dioses. Sólo me arrepiento de no haberme quedado a ayudarle, seguí sus órdenes y me alejé de allí, con la llave y la esperanza. Quizás el tenía razón y no podíamos salvar su vida de los draconianos que lo buscaban, lo importante era poner a salvo la reliquia... pero dudo, dudo.

Las decisiones que tomo no siempre han sido correctas y me dejo llevar por los que son más sabios que yo. Sauce lo era y me ordenó seguir adelante, depositó la llama de los dioses en mí y yo pretendo ser su sucesor. Y, a pesar de todo, dudo.

Mañana cruzaremos el portal que nos llevará al otro lado de la tormenta de arena y comenzará esta aventura. No he pasado por casa antes de emprender el viaje, no le he contado nada de todo esto a nuestro padre. Ya lo conoces. Transformaría una cuestión de fe en un asunto político y no quiero, no es lo que Sauce habría querido. Me eligió a mí y no a él. Espero no tener que arrepentirme de mi decisión. Ojalá pudiera conocer tu respuesta antes de dar el próximo paso, pero no puedo esperar. Ni siquiera estoy seguro de poder mandarte esta carta, ni de si te llegará. Ojalá estuvieras aquí y pudieras compartir esto conmigo, sé que tú también estás luchando y que tu lucha es importante. Yo voy a empezar a hacerlo ahora. Espero estar a la altura.

Me despido, mis compañeros están inquietos, pronto amanecerá. Espero poder enviarte pronto esta carta.

Tu hermano

Dhariil.

domingo, 3 de mayo de 2009

La Guerra Florida

Georgia O'Keeffe - Orquidea


Crónica después de la batalla

Se fue abril, y camino sobre un campo de flores.

Restos de la guerra, que son suaves bajo mis pies descalzos. Me he dejado llevar. He dejado que la lluvia de pétalos caiga sobre mi y he bailado mientras me cubrían lentamente. Ahora los pétalos se esparcen con el viento y yo camino entre las flores, descubriendo todavía nuevos capullos que antes no había visto. Lágrimas y risas se han mezclado en mi rostro este abril. Me siento... ¡tan viva!


Waterhouse - Narcissus



La Guerra Florida siempre me provoca sentimientos encontrados. Este año no tenía fuerzas para luchar, ni siquiera para escribir. Apenas he escrito nada en lo que llevamos de año hasta que ha llegado abril. Y no era solo eso, era defender algo que ya no me importa, disfrutar con un ánime que ya siento muy lejos y miro más con nostalgia que con pasión. Recordaba los problemas de otros años, las cosas malas y tambien las cosas buenas, me preguntaba si merecía la pena participar tan baja de ánimos como estaba, pensé en no asistir, perderme el evento... No quería perderme el evento... Las cosas buenas siempre han superado a las malas, había gente a la que me apetecía volver a ver. Sin ganas, sin pasión, pero quería estar aunque solo fuera mirando y animando. Montar al menos la trinchera y hacer algun post gracioso. Hay quien piensa que no puedo hacer nada de humor, quizás porque solo hago cosas divertidas cuando simplemente quiero disfrutar y no me preocupa si lo que escribo está bien o no. Y este año yo solo quería disfrutar.


Ernest Quost- Rosas


Así que entré tímidamente, con el ánimo por los suelos y las ilusiones desaparecidas en el fondo de un agujero negro. Y fue como recibir un gran abrazo. Reencontrarme con viejas amigas a las que hacía mucho tiempo que no veía. Conocer a otras que me acogieron de forma maravillosa aunque siempre voy a contracorriente. Y todo un festival de creatividad empezó a desarrollarse a mi alrededor y empezé a ver, a descubrir y a escribir. ¿Cuánto tiempo hacía que no escribía con esta intensidad, con esas ganas? La historia se iba desarrollando en mi cabeza y sólo tenía que plasmarla, sin esfuerzo. Una historia sencilla y sin pretensiones con la que he disfrutado como hacía tiempo no lo hacía escribiendo. Y cada imagen que veía, cada texto que leia, me traía nuevas ideas que ahora bullen en mi cabeza y no sé si llegarán a salir o no, pero es tan maravilloso no sentirme vacía. Me han dado tanto este mes, me han dado alegría, ilusión, amistad, confianza. Me he divertido y me he sentido querida.

Ahora abril se ha marchado y me quedan las flores, y me resisto a marcharme y paseo sola por el campo de batalla. El perfume no se ha disipado todavía, los ecos de la música aún suenan. Las lágrimas de la despedida no se han secado. Y yo paseo y me siento feliz.



Georgia O'Keeffe - Rosa blanca nº2


Gracias a todas