jueves, 15 de octubre de 2009

El Ritual de Calistria

Mi personaje en la partida La Maldición del Trono Carmesí, Fahleena (noble1/clériga10 de Calistria) ha recibido una maza bendecida por dos diosas: Desna y Pharasma. El personaje desea que la diosa a la que sirve también le otorgue su bendición a la maza, para ello realiza un ritual que tiene como finalidad conseguir que la maza tenga la apariencia de un látigo, que es el arma de Calistria. Además la diosa (a través de nuestra maravillosa y generosa master) le concedió también a la maza la propiedad "Vengadora". Os dejo aquí el ritual.





Le prestaron una habitación para que llevara a cabo el ritual. Era pequeña y aún conservaba el aroma de los que habían estado antes en ella honrando a Calistria. Dos jóvenes acólitos la acompañaban y la ayudaron a encender los incensarios que no ocultaban, sino que resaltaban los olores de la habitación.

El roce de uno de los acólitos fue suficiente para encender sus sentidos. Le parecían suaves y sofisticados después de los rudos shoantis y buscó ella misma los roces que no eran casuales y que se iban haciendo más atrevidos.

Le habían prestado una túnica muy fina tejida con hilos gualdos, se había bañado con agua perfumada, un placer que había echado mucho de menos cuando se aseaba con tierra con el desierto. Se sentía rara sin la armadura puesta, en cierto modo libre pero también la echaba de menos.

-Es la responsabilidad, lo que pesa –se dijo y caminó hacia la mesa cubierta de fino encaje dorado que habían colocado en el centro de la habitación. Colocó la maza sobre ella. La maza de Coja, la maza de Alika, ¿se recordaría alguna vez como la maza de Fahleena?

La contempló un momento, un rayo de sol se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas y la iluminaba. Los acólitos terminaron de encender las velas y se acercaron a su lado, uno de ellos le tendió la máscara de cera. Fahleena la sostuvo entre sus manos mirándola. Era su rostro pero no era ella. La máscara de las ilusiones de Calistria, la apariencia de lo que no es.

Siempre había honrado los tres aspectos de Calistria, tanto el ardor del deseo erótico como el ardor de la venganza habían latido en ella alguna vez. Eran sentimientos que la encendían y aceleraban su corazón. El engaño en cambio era más amable, era el deseo de no hacer daño, de hacer feliz a la gente haciendo que oyeran lo que deseaban oír. Cubrió su rostro con la máscara de cera.


-La verdad duele demasiadas veces. Yo misma no soy capaz a veces de mirarla a la cara. Es mejor olvidar lo que hace daño, engañarse pensando que no existe el dolor. Yo lo he hecho durante un año, hasta que vi el espíritu de Zhanas delante de mí, pero me sigo poniendo la máscara para decir que he olvidado y que no echo de menos mirar a los ojos a alguien que me quiere.

Esparció dorados pétalos de caléndula alrededor de la maza. Una avispa entró por la ventana abierta y comenzó a revolotear sobre su cabeza. Fahleena era consciente del zumbido, pero cogió el medallón de Calistria con ambas manos y se concentró para establecer comunión con su diosa.

-Mi señora –rezó-. Hoy busco tu favor, tu señal de que el camino que estoy siguiendo es el correcto. Mis pasos me han llevado a las puertas de otras diosas, he comido con las hijas de Desna, he probado el sabor de los espíritus que no adoran a nadie, acepté la protección de un siervo de Pharasma. He conocido y he buscado. Y hoy vuelvo a tu seno porque ya no sé si mis pasos son los apropiados. Si mis deseos coinciden con los tuyos. No me has negado tu ayuda y tu favor y hoy doy un paso más y te pido tu bendición. Si mi camino es tu camino. Si deseas que mi arma sea guiada por tu mano, que sea tu divina furia la que salga de mi corazón cuando azote a mis enemigos con ella.

Fahleena
se quitó la máscara, sus manos no temblaban. La colocó sobre la maza, uno de los acólitos encendió una vela y la puso sobre la mesa, la avispa daba vueltas ahora alrededor de la llama.

-Uso dones de otros dioses. Acepto la ayuda que me han dado y los respeto, pero a quien sigo es a ti, Calistria, y es tu bendición la que deseo. ¿Qué importa que ellas estén detrás, si es a ti a la que van a ver?

El
humo había llenado la habitación, las velas se consumían, los roces casuales de los acólitos se habían convertido en manos atrevidas que la excitaban, la avispa zumbaba ahora a su alrededor, la plenitud espiritual se alcanza a través del cuerpo, pero a través del goce y no del ayuno ni del dolor.

Fahleena se desasió suavemente de las manos de los acólitos y avanzo hasta la mesa. Su cuerpo palpitaba con sus sentidos excitados en presencia de su diosa. Todo se había difuminado de pronto. Notaba cómo los acólitos se movían por la habitación rellenando los incensarios, la avispa no dejaba de revolotear en torno a su cabeza. Miró por última vez la máscara que representaba su rostro. La máscara sonreía aunque ahora sus labios estaban prietos. Cogió la vela y derramó una gota de cera sobre la máscara. Se retiró unos pasos y esperó.

La avispa no dejaba de zumbar y el sonido la perturbaba, el corazón de Fahleena se aceleraba, ahora sí sus manos comenzaron a temblar. Entonces la avispa se posó sobre la máscara, caminó sobre la recta nariz y recorrió la sonrisa hasta quedar posada sobre el mentón. Fahleena cayó de rodillas al suelo, con la cabeza baja y los ojos emocionados.

La avispa continuó su recorrido y saltó hacia la maza, se quedó muy quieta sobre ella, como si algo en ella la perturbara. Los acólitos habían vuelto a su lado y también se habían arrodillado pero ella no los veía. Cuando levantó la cabeza sólo miraba la máscara, fundiéndose, derritiéndose sobre la maza, hasta que el arma quedó cubierta por un líquido pegajoso y caliente.

-Que mi rostro sea tu rostro, que tú símbolo sea mi símbolo. Que lo que vean sea lo que tú deseas, que sea tu nombre el que acuda a la boca de todos. –murmuró, reverente. La avispa levantó el vuelo. Sobre el paño dorado se veía descansando un látigo que sólo conservaba de la apariencia de la maza de Alika el mango.

Fahleena tragó saliva antes de acercarse a él. Su mano se alargó hasta el arma bendecida por la diosa y la tomó en sus manos. La maza de Alika volvió a mostrarse en cuanto ella la enarboló, mientras no atacara con ella su apariencia era la de un látigo ritual de Calistria como el que solía llevar habitualmente.

Se sentía emocionada. La diosa la había bendecido. La avispa revoloteaba ahora alrededor de la vela que ninguno de los acólitos se acercaba a apagar. Uno de ellos se acercó y la abrazó por detrás, besándola suavemente en el cuello.

-La diosa te ha bendecido, debemos honrarla.

La excitación del ritual dejaba paso a otra más física, Fahleena se dejó llevar por su instinto, en plena comunión con su diosa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Amanecer

Friedrich: Morning








Aquella mañana Albert se levantó muy temprano; casi no había podido dormir y se había pasado la noche dando vueltas en la cama con los ojos abiertos. Por última vez miró el reloj que descansaba en su mesilla de noche y se incorporó mirando hacia el balcón abierto por el que ya empezaban a entrar los primeros rayos del sol. Albert se dirigió hacia el balcón y apoyó las manos en la negra balaustrada que lo separaba del vacío. ¿En qué pensaba? Tal vez alguna de vosotras lo sepa o pueda adivinarlo. Yo no. Yo nunca he entendido a Albert, para mí siempre ha sido alguien distante y lejano: un rayo de sol en medio de una bruma blanca, recién salido de un sueño.

La habitación de Albert estaba orientada hacia el este, hacia el amanecer. El oriente es el lugar de la magia y el nacimiento. El oeste es el ocaso, lugar de brujería y muerte. Albert sintió los primeros rayos de la mañana acariciando su rostro y tembló, porque el sol era todavía débil y no calentaba. Sucumbiendo a un impulso irrefrenable, apoyándose en los negros barrotes de hierro forjado, Albert saltó al vacío y casi en el último segundo se agarró con fuerza a las enredaderas que recorrían la fachada de la mansión Andrey. Su mansión. Las pequeñas ramas y finas agujas verdes que se retorcían en las paredes traspasaron su liviano pijama y rasgaron su carne pero él descendió a toda prisa, sin notarlo siquiera, sin mirar sus manos arañadas ni su pijama rasgado. De un salto llegó al suelo y empezó a correr como si intentara ganar al viento. Albert corrió, alejándose de las blancas paredes de su hogar, corrió hasta que sus pies descalzos se adentraron entre los árboles del bosque cercano y su casa se perdió en la distancia.

Picabia - Amanecer en la bruma







Albert no miró atrás, ni a su alrededor. Sólo corrió extendiendo los brazos para abarcar el bosque con ellos; acariciaba la rasposa corteza de los árboles al pasar junto a ellos y sentía las cosquillas de las hojas nuevas al rozar las palmas de sus manos. No le preocupó andar descalzo sobre la alfombra verde y tostada que cubría el bosque, el suelo estaba todavía húmedo por las gotas de rocío y las hojas de los árboles resplandecían como si estuvieran llenas de pequeños espejos. A Albert no le importó dejarse caer al suelo cuando estuvo agotado ni que una atrevida ardilla mordisqueara los botones de su pijama. Albert se quedó allí, tendido en el suelo durante largo rato, mirando el sol que se filtraba cada vez con más intensidad entre las copas de los árboles y que, ahora sí, calentaba su cuerpo como el abrazo de una mujer amada. No sé en qué pensaba. Tal vez, de uno de sus ojos, salió una furtiva lágrima.

El sol estaba ya en lo alto del cielo cuando Albert oyó los pasos acercándose. Se había quedado dormido allí, escuchando los pájaros del bosque. Los pasos rompieron la magia, invadiendo aquel refugio secreto que se había construido con sol y música. Y Albert cerró de nuevo los ojos, porque sabía a quien pertenecían aquellos pasos desmañados.

Cuando George llegó hasta él, vio a su joven amo sucio y desaliñado; con la cara manchada de tierra, el pijama desgarrado y el cabello enredado entre las hierbas del bosque. Parecía surgir de la misma tierra, ser parte de ella, mientras que los zapatos de George eran dos agujeros negros que aplastaban las flores.

-Señor ¿Estáis bien? Os hemos estado buscando toda la mañaña. ¿Qué hacéis aquí?

Albert no estaba dormido pero no abrió los ojos. Sentía la sombra de George encima de él, tapándole la luz del sol. La sombra, la responsabilidad, el futuro. No sé en qué pensaba pero, tal vez, puedo entenderlo.

Albert abrió los ojos y miró a George sin moverse. Sus labios se entreabrieron para contestar y murmuró:

-Sueño.

Sol LeWitt

lunes, 21 de septiembre de 2009

[Rol]La muerte de Luana

Elfa Druida. Nivel 2










He muerto. Lo sé. Los golpes ya no me duelen... ni siquiera sé donde estoy ahora. La habitación ha desaparecido y floto en la nada, sin cuerpo, el alma desnuda que todavía busca ese cuerpo del que la han arrancado.

Creí que tenía todo el tiempo del mundo y ahora estoy muerta. Todo se ha quedado a medias, he fallado al círculo druídico que confiaba en mi, al bosque que dependía de mí. Un pobre perro cojo y apaleado ¿qué será de ti ahora? No me preocupo por Sotty, valiente tejón que me ha acompañado siempre, Sotty sabe cuidarse solo.

Ahora emprenderé el viaje, aunque no sé hacia donde. Los brazos de Pharasma me esperan en alguna parte. No siento miedo, sólo pesar. He fracasado.

Hubiera deseado poder salvar el mundo y ver la primavera en el bosque, ver un hijo mio crecer, ver mi reflejo en los ojos del resto de los miembros del círculo cuando me aceptaran como uno de ellos. Nada de eso pasará ya jamás, el tiempo no es eterno y se trunca en cualquier momento. Espero que Sotty llegue hasta el círculo y les cuente lo que ha pasado para que manden a otro en mi lugar. Alguien mejor que yo, que no se distraiga y se concentre en lo que tiene que hacer, que no piense que el tiempo es eterno, que sepa resistirse a esta ciudad maldita que se te mete en la venas. Yo he fracasado. Yo pensé que tenía todavía mucho tiempo.

Lo primero que sentí fue cómo se cortaba el vínculo con Sotty. Fue más doloroso que el último golpe. La sensación de que algo dentro de mi se había partido, un trozo de mi alma se ha quedado con él. Ya no siento su presencia, su seguridad y confianza a mi lado. Y me di cuenta que estaba muerta, realmente muerta. No sé lo que harán ahora conmigo, en esta ciudad horrible. Me enterrarán como a Rose, supongo, y se emborracharán gritando mi nombre. Ojalá alguien me lleve al bosque. No desearía que me enterraran aquí.

Una tumba bajo un álamo, a la sombra, donde los osos se acerquen y se sienten sobre la tierra, donde mi cuerpo se descompone poco a poco. Sotty no los dejará, me seguirá cuidando, como siempre, pero yo ya no lo sabré.

Lo peor de estar muerta es no sentir. La hierba mojada bajo mis pies descalzos, el canto de los pájaros, el sabor de las bayas recien cogidas, el calor del sol en la espalda, la suavidad de un beso... todo eso ha desaparecido y ya son sólo recuerdos ¿los perderé? ¿se irán descomponiendo poco a poco como mi cuerpo en la tumba? Mi error fue no aceptar que no estaba preparada, que no era capaz de llevar a cabo la misión que me encomendaron, me falta humildad, saber ceder el paso a los que sí saben, quería ser la heroína, lo deseaba tanto, que me miraran con una sonrisa en los labios, orgullosos de mí. Hacerles felices a todos. He fracasado y ahora estoy muerta, estoy muerta. Lo sé.

No hay tiempo, nunca lo hubo. El tiempo se trunca y no te da opciones. No te deja terminar lo que has empezado. No tiene piedad. Quizás encuentre a mi hijo entre los brazos de Pharasma, aquel niño que no pudo crecer.

Mi alma recuerda mi cuerpo y quiere andar, busca los brazos y las piernas, busca los ojos, quiere ver, tocar. Nadie viene a decirme cómo avanzar. Estoy sola, triste y confusa. El alma quiere llorar, pero ahora solo puedo recordar. Es lo único que tengo, y no sé por cuanto tiempo. Quizás ahora sí tengo todo el tiempo del mundo. Quizás se trunque todo en un momento y deje de recordar que he fracasado.

lunes, 10 de agosto de 2009

[Reseña] Cosecha Roja - Dashiell Hammett

-De manera que ése es el método científico de trabajar que tenéis los detectives. La verdad, considerando que eres un tipo gordo, cuarentón, que no se casa con nadie y testarudo, tienes la manera de trabajar menos concreta de todas las que conozco.

-Los planes están bien algunas veces. Y otras, lo que está bien es simplemente remover las cosas; está bien si eres lo suficientemente duro para sobrevivir y conservas bien abiertos los ojos para poder ver lo que te interesa cuando sale a la superficie.


Poisonville, el retrato de una ciudad envenenada. Y lo importante no son las luchas entre gansters ni los asesinatos, venganzas y traiciones que vemos a lo largo de la novela, sino ver cómo el veneno va penetrando en el protagonista hasta que parece que la ciudad realmente le domina. Quería limpiarla, enfrentando a los distintos bandos, pero no es fácil hacerlo sin macharse las manos. Es levantarte una mañana y saber que no has asesinado, pero que habrías podido hacerlo.

La trama avanza a trompicones, escenas sueltas que lo que conforman es un retrato de los personajes más que una trama bien enlazada, como diminutos cuentos cortos alrededo del mismo tema. Dinah, la femme fatal que no sabes si es buena o mala, sólo que es avariciosa, manipuladora y tramposa, y que nos hace sonreir cada vez que aparece. El Susurro, leal con sus amigos hasta que dejan de serlo, el comisario corrupto destrozado por una venganza, el Detective de la Continental, extranjero que poco a poco va sintiendo como el veneno de la ciudad corre por sus venas.

Como novela me parece mal estructurada, pero cargada de una fuerza y una intensidad poco común. Hammett nos muestra personajes reales y vivos. La tragedia se masca en el aire, pero nos la muestra con un gran sentido del humor.

-Queréis que os deje en paz. Yo también lo quise antes. Y si me hubieráis dejado tranquilo, quizás a estas horas estaría en el tren camino de San Francisco. Pero no me dejaron. Sobre todo, no me dejó ese gordinflón de Noonan. En sólo dos días ya han tratado de mandarmeal otro barrio dos veces. Dos veces son muchas veces. Ahora me toca a mí ir a por él hasta dejarle hecho tiritas, y eso es, exactamente, lo que voy a hacer. Poisonville ya está madura para la cosecha. Es un trabajo que me gusta y lo voy a hacer.



El viñedo rojo -Van Gogh

miércoles, 5 de agosto de 2009

[Reseña]Lilith - J.A. Cotrina

Me recomendaron que leyera este relato corto antes de empezar Las fuentes perdidas, para tener más claro como era el mundo en el que Cotrina desarrollaba la novela. Y me he encontrado con un texto con una estructura fascinante.

A semejanza de un caleidoscopio, vemos distintos fragmentos sin aparente conexión entre ellos hasta que, a medida que avanza la historia, empiezan a relacionarse y comenzamos a entenderlos. No es un relato sencillo. El autor juega con muchos conceptos, mete muchas ideas que a veces se complementan, unas explican a otras o al contrario, confunden mientras no sabes qué está pasando. Juega con la idea de leer entre líneas y hace muchos guiños al lector, poco a poco Cotrina va desarollando un universo sugestivo donde todo está ahi, pero aún no lo vemos, o quizás no está y sólo lo soñamos.
El relato está escrito en un tono que pretende quitar dramatismo a una historia dramática, el protagonista nos va contando deja atrás su fracaso y su vida para forma parte de ese otro lado que va descubriendo por casualidad.
La historia de Alfredo se basa en la casualidad, la curiosidad y la imposibilidad de coronar lo que desea. La de los dexar, por el contrario, no hay curiosidad en ellos, aceptan las cosas como vienen, sólo la casualidad puede llevarlos al otro lado del lago, casualidad que se presenta como un peligro, como si Alfredo hubiera conseguido llegar al país de los sueños dejando atrás la realidad y los dexar vivieran en un sueño y cruzar el lago los despertara a la realidad.
La casualidad está presente a lo largo de todo el relato y es quizás el concepto en el que el autor más incide, a veces se presenta como una amenaza y otras simplemente como una secuencia que lleva hasta un fin.


Podéis leer el relato aquí.

jueves, 30 de julio de 2009

[Relato]La orilla del mundo

Otro de los relatos inéditos que tengo pendientes de colgar. Por este me dieron una mención honorífica en el concurso de relato corto de Los Espejos de la Rueda de este año. Espero que os guste, es un poco más largo de lo habitual.

La orilla del mundo

Tercer día, al amanecer

A veces tengo miedo. Aprieto entonces los labios, me atuso el bigote y sigo adelante. Es lo que hacemos los Xhardos. Siempre adelante, sin mirar atrás. Detrás solo quedan ruinas, muerte, edificios hundidos en la tierra. Nuestra pequeña ciudad ha sido invadida por un mar que ha surgido de las entrañas de la tierra. ¿Y ahora? ¿Qué va a ser de mí ahora?

Me miran. Todos me miran. Les doy la espalda y me pongo a contemplar el horizonte, como si supiera qué hacer, como si estuviera trazando planes, buscando soluciones, aunque lo único que hago es intentar no sentirme incómodo. No es nada fácil. ¿Qué habrá más allá del mar?

Los heridos gritan. Se lamentan porque nadie viene a calmar su dolor. Las brujas hacen lo que pueden para ayudarlos pero son muy pocas y apenas pueden hacer nada por ellos. He intentado mandar mensajes a la capital imperial pidiendo ayuda, pero nadie nos responde. Nos han abandonado, lo sé. Estamos solos. En el fondo ninguno de los colonos echa de menos nuestra ayuda. Nosotros los conquistamos, los arrancamos de sus hogares y los enviamos aquí, a colonizar el confín del mundo. No eligieron y ahora los heridos nos maldicen una y otra vez en vez de rogar porque nuestro ejército aparezca al fondo de las colinas. Muchos morirán maldiciendo. Los más afortunados sobrevivirán con sus miembros amputados y nos maldecirán toda la vida. Es imposible explicarles que no hemos sido nosotros los que hemos partido la tierra en dos. Han visto los prodigios de nuestras brujas y creen que tenemos el poder para hacerlo, pero las grandes brujas del imperio no están aquí. Sólo ancianas que apenas pueden ayudar a mitigar los dolores. No merece la pena explicarles eso.

Yo he tenido suerte. Mi cuerpo no tiene ni un rasguño. Ni una mancha mi reluciente uniforme rojo y negro. Ni siquiera tengo motivos para maldecir a ese imperio que nos ha enterrado vivos en este lugar maldito, aunque quiero hacerlo. Sólo estoy cubierto de polvo.

Me doy la vuelta, doy órdenes a las cuadrillas de voluntarios que rebuscan en las ruinas de la ciudad sepultada. Todos tienen muertos allá abajo. El polvo ya ha desaparecido del aire. Han pasado tres días y la ciudad parece hundirse cada vez más. No encontraremos a más gente con vida… o con posibilidades de seguir viviendo. Casi cadáveres. Algunos me miran mal cuando lo digo. Los exhorto a buscar comida, a ayudar a los que aún están vivos. No podemos quedarnos a enterrarlos. Ya lo están. Nuestra prioridad tiene que ser ahora sobrevivir. Lo digo. Veo rostros adustos, bocas torcidas, miradas que se desvían de la mía.

No somos los únicos que hemos sufrido, cada día se acercan más personas, gente que viene de pueblos vecinos, esperanzados de encontrar a nuestra guarnición. Muchos no han podido venir. ¿Cuántas aldeas han quedado sumergidas en este nuevo mar? Pero ya no hay guarnición, ni banderas del imperio en nuestra empalizada. Todos están muertos, todos. O agonizan bajo las ruinas. Todos menos yo. Algunos me miran y leo en sus ojos que yo tengo la culpa.

Cada día miro a mi alrededor, esperando que el ejército llegue y mis superiores me releven de este ingrato cargo que nunca he querido. Al principio escuchaba, la nube de polvo parecía llegar hasta las estrellas y sólo podíamos comunicarnos a gritos. Ahora reconozco mejor las voces que las caras, es como si no tuvieran, todas me parecen la misma. Hace tres días que no duermo. No puedo. Tengo que cumplir con mi deber.

Si al menos supiera qué puedo hacer.

Alguien ha sugerido marchar al oeste, los bárbaros indígenas tienen buenos pastos. O los tenían antes de que la tierra se abriera. Siempre hemos tenido conflictos con ellos, estamos heridos y hambrientos. No parece una buena opción. Otros han sugerido hacer un barco y cruzar ese mar que no sabemos hasta donde llega. Ninguno de nosotros sabe hacer barcos, ni navegar en ellos, pero eso no parece detenerles. Ni siquiera la posibilidad de encontrar cadáveres flotando en el agua. Yo prefiero no verlos.

El este. La capital imperial.
Ninguno ha planteado esa posibilidad. Me miran con recelo cuando miro al este. Miran el escudo de mi uniforme. Sé que tendríamos que haberles protegido y no hemos hecho nada. El ejército del emperador ya tendría que estar aquí y no ha venido. No debería preocuparme más la gente que está lejos que la que tengo al lado y, sin embargo, me pregunto si habrá pasado algo, si también allí se ha abierto la tierra y la capital ha quedado sepultada por otro mar desconocido. En el fondo me alegra que no quieran marchar hacia el este. Me da miedo volver.

Me alejo de ellos y vuelvo a asomarme al mar. He llegado a acostumbrarse a su sonido, las olas rompientes arañando la tierra donde
antes cultivábamos. Sé que no me dejarán tranquilo mucho tiempo y suspiro. Torcas se acerca. Conozco sus pasos. Un panadero reconvertido en líder de nuestro improvisado campamento. Su energía me agota. Ha bajado ya mil veces, aunque no siempre consigue recuperar heridos. Una vez más, me dice, bajará una vez más y luego nos pondremos en camino. Su familia ya está fuera. Cadáveres y heridos. Sin embargo sigue bajando, sigueayudando. Nunca pierde la esperanza. Sobrevivió a una guerra, sobrevivió a la esclavitud y a este destino en el fin del mundo. Sobrevivirá siempre. Si yo hubiera muerto con lo demás no habría importando, tampoco me necesitarían.

Asiento con la cabeza, sin volverme,
tenso el cuello y endurecido el rictus de mi boca. Aparento un orgullo y una dignidad que no tengo, pero ellos no lo saben. Avanzo detrás de él. El suelo está húmedo. Quizás sea el mar, que se filtra hasta aquí, o la lluvia que empieza a caer. Todo ha cambiado. Tiembla la tierra y todo se desvanece, las ciudades, las personas. Nada nos aseguraque no volverá a temblar de nuevo.

Esta vez somos un grupo de ocho. Los miro antes de bajar. Ya lo hemos hecho otras veces. Conocemos el orden, el peligro, alguno traga saliva, otro piensa en todo lo que va a quedarse entre las ruinas. Todos me miran. Tengo que dar la orden.

Yo voy el primero. La primera vez bajé con la espada desenvainada, llevando una bruja a mi lado, pero no fueron más que estorbos. El peligro viene de los recuerdos que nos acechan, los fantasmas que dejamos atrás. Alguien señala huellas en el suelo, una rata sale corriendo de un rincón. Me tranquilizo. Si algo fuera mal, las ratas son las primeras que habrían salido corriendo. Yo no soy mucho mejor que ellas.

Ya empiezan a aparecer cadáveres. Hemos limpiado algunas zonas, enterrado a los muertos. Otras no. Somos demasiado
pocos, estamos heridos y cansados. Ya no podemos hacer mucho más. Torcas vuelve a pararse delante de cada cadáver, a pesar de que a todos los hemos examinado ya. Tengo que hacerle una señal para que no se quede atrás. Separarnos es peligroso. Soy el único del grupo que tiene entrenamiento militar. Panaderos, campesinos, herreros, alfareros, taberneros… Ese es mi ejército ahora. Encontramos las ruinas del cuartel de la guarnición. Ninguno ha querido entrar. Desviamos la vista cuando pasamos por delante. No encontraremos nada dentro y avanzamos sin mirar. Pero esta es la última vez. Necesitamos armas y no azadas de campesinos.Los apremio a entrar y ninguno se niega a hacerlo.

El cuartel ha quedado reducido a cenizas y cascotes. Hay restos de armaduras desperdigados por todas partes. Alguien las recoge “esto también nos
hará falta” dice, y no le digo que las suelte aunque estoy seguro de que no sabe cómo ponérsela. Tiene razón. Nos hará falta. ¿Qué más da que ese escudo sea alguna reliquia de familia que debería permanecer enterrada con su poseedor? Ojalá me diera igual, pero no es así. Es el entrenamiento que he recibido, ese entrenamiento que siempre he deseado olvidar y que ahora que podría hacerlo vuelve a mí con todas sus fuerzas. Me contengo para no obligar al tabernero a soltar todas aquellas cosas junto a los muertos. Mis compañeros. Mis amigos. Nos harán falta. Es nuestro deber proteger a los débiles, ayudarles a que se protejan a sí mismos. Porque somos el ejército de Xhardas, porque somos lo que queda de la ley en el fin del mundo.

Me voy alejando de ellos, oigo el sonido que hace el acero al entrechocar entre sí mientras recogen las armas de entre los escombros. Un enemigo ya nos habría emboscado. También gritan y tropiezan con
las vigas derruidas. En estos tres días he aprendido que pedirles prudencia no sirve de nada así que los dejo. Ya hemos sufrido bastante.

Avanzo entre tinieblas. La antorcha se va apagando, pero no voy a encender otra. El silencio y la oscuridad me van absorbiendo poco a poco. Ya no es la ciudad, sino una caverna oscura, húmeda. Huele a putrefacción. Avanzo lentamente, casi a tientas, cerca de allí estaban las cocinas, imposible saber dónde exactamente. Me detengo cuando siento que algo se enrosca en mi pierna yaprieta fuerte. No puedo mover el tobillo. Tardo un segundo en darme cuenta de que es una mano humana.

Dejo de moverme. La presión se afloja. La antorcha ilumina un montón de escombros en el suelo. Apenas distingo el rostro enterrado, cubierto de sangre. Tiene los ojos cerrados. El uniforme está manchado de sangre. Y vuelven los recuerdos.

Tres días antes, al anochecer

El frío de la noche, el olor a hierba húmeda. El caballo que relincha en el establo. Me envuelvo en la capa antes de salir de mi pequeña habitación. Tengo que darme prisa, mucha prisa. Los ojos me miran desde la empalizada. Un soldado adormilado en su puesto de guardia. El capitán que recorre cada puesto en la última ronda, antes de irse a dormir. La puerta está cerrada, pero he preparado un hueco en la empalizada, tras el establo, un rincón alejado de los ojos curiosos. El encantamiento de la bruja durará hasta el amanecer, sólo entonces verán la brecha y comprenderán. Ella no me hizo preguntas, sólo tuve que pagarle el conjuro. Las brujas son así. Ahora todo está dispuesto. Me alejo, me alejo. Tengo miedo. Me repito a mí mismo que no me descubrirán. No lo harán. Cabalgaré lejos.

Espero a que las luces estén completamente apagadas. Todo está ahora en silencio. Esta noche no hay luna y los bárbaros indígenas no atacarán, la guardia puede relajarse y si saludo al capitán al pasar no me mira dos veces. Torcas el panadero es el único que tiene la luz encendida, pero aún no me llega el olor del pan recién horneado. Sigo andando. No me cruzo con nadie más en el camino hacia los establos. Sólo veo sombras lejanas, no podría dar el nombre de nadie. Subo el embozo de la capa. Tampoco ellos saben quién soy yo. Sólo el color del uniforme, la forma oscura de la capa, como si estuviera envuelto en la misma noche. No tengo que preocuparme por nada, sólo de pensar si realmente estoy tomando la decisión correcta.

Me hubiera gustado poder quitarme el uniforme, se pega a mi piel como si llevara ventosas, me asfixia, me ahoga. Pero aún tengo que continuar con él unas horas más, es mi salvoconducto. Fue mi prisión y ahora es la llave de salida. Estoy tan cerca ya. Fue un error alistarme, pensar que en la frontera todo sería más fácil, la vida más sencilla, que mis problemas se solucionarían y no echaría de menos nada. La gloria no me alcanzará en este lugar perdido, sino una flecha de los bárbaros que creen que estas son sus tierras ancestrales y que no tenemos derecho a instalarnos aquí. Mi misión es proteger a estos colonos que nos miran por encima del hombro. Ellos saben que en el fondo no hacemos nada. Sabrían protegerse a sí mismos si tuvieran que hacerlo, no nos deben nada. Quizás lo que hacemos es simplemente impedir que salgan corriendo de vuelta a sus hogares, como voy a hacer yo. Pero ellos están bien, están a gusto aquí. Trabajan duro y luchan por hacer una ciudad en lo que antes sólo era un campamento. Los soldados somos los intrusos aquí, los recuerdos de un mundo que ha quedado muy lejos y que a veces parece que no ha existido nunca, un mundo para el que ellos no contaban nada. ¿Cómo podría reprocharles que no me guarden respeto? Si ven el miedo en mis ojos, si saben que me escabullo cuando surgen conflictos. Mis compañeros son más valientes, mucho más decididos, pero yo no. Quizás soy el único soldado que sueña con desertar. Soy la vergüenza del ejército imperial. Es mejor así, no tendré que pelearme con nadie por el caballo que relincha en el establo.

El establo es enorme, pero está vacío. El último caballo dormita de pie, junto a las bridas que hace tiempo nadie le pone. Aquel lugar tendría que haber estado lleno de caballos, en los alrededores debían arracimarse los carros, cargados de mercancías, de gentes que viajaran desde este confín del mundo hasta la capital imperial. Pero en realidad nadie quiere venir. ¿Quién querría? Sólo hay polvo y malas cosechas. Yo no volveré jamás. Jamás.

Un único guardia vigila el perímetro del establo, lleva el uniforme rojo y negro de la guardia imperial. Sé que no ha visto la brecha en la empalizada. Muestro la mejor de mis sonrisas y saco el odre de vino antes de acercarme, saludando. El también me sonríe. No se siente nervioso al verme. Dejo que la capa se abra y se distinga el uniforme, el mismo que el suyo. No soy un bárbaro indígena ni un hosco colono. Soy un soldado, como él. Un soldado que parece orgulloso de serlo. Al tercer trago aprovecho un descuido para noquearle y ocultarlo entre las sombras del establo. Ahora sólo tengo que coger el caballo y marcharme. Esto es lo más difícil. Ahora podrían descubrirme. No hay motivos para que monte el caballo del coronel, ni para que deje allí su carruaje y en cambio cabalgue a pelo, como un bárbaro. La idea me tienta pero cojo la silla de montar y ensillo el caballo. Atraeré la atención de los guardias que antes me ignoraban. Ahora seré algo extraño. Lo sé. Pero tengo que tranquilizarme. Todo está pensado. Todo está medido. Sé el tiempo que tengo que esperar escondido, conozco los lugares donde las sombras son más profundas y cual es el momento de apresurarme. Después sólo tengo que conseguir llegar al sendero. El caballo me durará lo suficiente hasta la primera parada de postas. O eso espero. Allí ya no llevaré uniforme, seré un viajero más. Uno de pocos, pero será suficiente. ¿Dónde iré? No puedo volver a la capital imperial. Quizás el norte. En el norte el clima es suave y los hombres amables, eso dicen. Nunca he estado en el norte. Allí estaré lejos del todo, lejos del imperio, del ejército, lejos de este maldito lugar. Lejos del fin del mundo. He soñado muchas veces con este momento. El momento de la huida. En cambio nunca he imaginado qué pasará después, si seguiré huyendo eternamente. Espero no tener que hacerlo. Sólo quiero instalarme en algún lugar en paz, donde las flechas no sobrevuelen mi cabeza, donde la tierra no tiemble cada semana, donde las órdenes no supongan la posibilidad de morir. Sé que corro un gran riesgo, que pueden atraparme, pero tengo que intentarlo. Si sigo aquí terminaré por volverme loco.

El caballo está inquieto, pero se deja poner la silla con facilidad. Hace mucho que no monto y siento un cosquilleo nervioso cuando agarro las bridas. Nos movemos. Intento reprimirlo. Tardaremos aún unos segundos más. Espero. Me siento más ligero de pronto, más etéreo, más libre, y no sé si es por el nerviosismo o por la excitación. Ya no importa. Ya nada importa. Es el momento. Me voy.

El ligero temblor de tierra parece dar alas al caballo. Relincha, pero nadie nos oye. Cabalgamos a paso rápido hacia el lugar que he preparado en la empalizada. Espero que pueda saltarlo, no debería tener ningún problema. Es un buen caballo. Saltamos y corremos, a través de los campos, pisoteando las cosechas que aún no han brotado, la tierra yerma y amarilla, llena de sombras en la noche oscura. Miro a la estrellas para buscar el camino, sé cómo llegar al sendero, y parece algo mágico cabalgar a ciegas, dejándome llevar por la pasión del caballo.

Trotamos. Hace ya horas que hemos dejado atrás los campos labrados, las casas. Tenemos que darnos prisa, antes de que salga el sol y los bárbaros aparezcan en el horizonte, acosándonos. No deben encontrarme. Quizás el ejército también salga a buscarme. El sendero está ya cerca, lo encontraré, una vez en el sendero es cosa de seguir corriendo. Y la primera parada ya no estará demasiado lejos. Noto la vibración de la tierra, parece que quiere correr conmigo. Es tan fuerte. Quizás lo noto más porque estoy sobre el caballo. Está nervioso. Corre demasiado. Corremos. Apenas puedo controlarlo. Todo pasa en segundos. Parece incluso menos tiempo. Y el sonido atronador me aturde. Vuelvo la cabeza, miro hacia atrás. Me prometí que no lo haría. Alguna pequeña luz brillará todavía. Algo. No veo nada. Lucho por detener el caballo. No quiere. No se deja. Tiro de las riendas con fuerza, pero es como si no lo notara. Tiene más miedo que yo.

Por fin nos detenemos y miro hacia atrás. Sólo hay una enorme nube de polvo que lo cubre todo. El suelo aún tiembla y me pregunto si estamos a salvo. Si ellos están a salvo. Me quedo allí, sobre la colina, esperando hasta que las luces del amanecer comienzan a verse por el oeste. La nube de polvo parece reluciente, los reflejos anaranjados del sol flotan entre ella. Sigo sin ver nada. Nuestra pequeña ciudad ha desaparecido. El confín del mundo se ha convertido en una nube de polvo.

El caballo está tranquilo a mi lado. Eso es que todo ha pasado ya. Miro a mi alrededor, estamos en lo alto de una colina, apenas veo mis manos entre la nube de polvo. Oigo rumor de agua y me sorprende ver que está tan cerca de mis pies. Tampoco puedo distinguir el camino. Todo se ha cubierto de un fango negruzco, que parece rezumar de la tierra. Espero un poco más. Dudo entre seguir adelante o volver atrás. No parece haber nada en ninguna de las dos direcciones. Me inclino por seguir hacia el lugar que aún está seco, que no está cubierto por ese légamo pantanoso. De vuelta. Si fuera valiente seguiría hacia delante, pero delante sólo hay agua. El caballo quiere volver atrás.

Lo llevo de las bridas y avanzo, dejando que mis botas se manchen de légamo. Ahora no tengo prisa, la tierra se ha abierto y mi pequeña fuga no parece tener ninguna importancia. Mis superiores no me dirán nada. Como mucho pensarán que he intentado escapar del desastre. No sabrá nadie que soy un desertor. Ya distingo figuras entre la nube de polvo. Los colonos transportando muertos. Habría sido mejor seguir a oscuras, no ver nada. Me acerco despacio pero nadie me mira. Intento encontrar a un superior pero no hay más soldados. Tardo un buen rato en darme cuenta de que soy el último. Me quedo quieto, mirando los campos de labranza convertidos en un mar oscuro, mirando las ruinas de lo que fue nuestra pequeña ciudad, hundidas en un precipicio donde rompen las olas. Me doy la vuelta y veo que ahora sí me miran, y alguno de ellos se adelanta y me pregunta qué vamos a hacer.

Tercer día, al amanecer

Me agacho junto al cuerpo y pongo mis manos sobre los labios resecos. Parece que respira. Comienzo a apartar los cascotes mientras llamo pidiendo ayuda. Grito lo más fuerte que puedo. Intento mover la viga que lo aprisiona aunque eso haga que se derrumben las precarias paredes que nos rodean. No puedo moverlo yo solo. Y está vivo. Está vivo.

Intento limpiar su rostro de polvo. Veo los galones en su uniforme. Un capitán, es un capitán. Grito más fuerte y sigo desenterrándolo con todas mis fuerzas. Mis manos se llenan de arañazos pero apenas avanzo. Es Torcas el que viene corriendo. El que da las órdenes al resto de los hombres. El que me aparta para poder rescatar al capitán. Un superviviente más, esta vez uno de nosotros, mientras sus familias están muertas. No parece importarles y trabajan duro para sacarlo de allí. Yo me limito a quedarme atrás y mirar. Ni siquiera les doy indicaciones. Es como si me hubiera vuelto invisible de pronto.

Lo sacamos fuera y lo tendemos en lo alto de la colina. No lo he tocado. Me siento a su lado mientras espero a que se acerque un sanador. Ya no puedo volverme hacia el mar, a fingir que pienso. Cuando abra los ojos verá que sólo estamos los dos. Después de la última bajada hasta mi uniforme se ha desgarrado.

Su mano presiona de nuevo mi antebrazo y yo lo sostengo. Se agita en sueños. Quiere levantarse, quiere luchar. No sabe que los enemigos contra los que luchamos son la tierra y el mar. Que ni los bárbaros indígenas pueden hacernos nada ya. Acaban de llegar algunos, cansados y mojados, pidiendo ayuda. Se han sentado juntos, aparte, lejos de nosotros y a la vez muy cerca. Torcas me ha mirado con una muda pregunta en los ojos y yo he asentido con la cabeza. Mejor juntos a que nos ataquen por la espalda. En el fondo Torcas y yo nos entendemos bien. El sabe que quizás yo huya en cuanto tenga ocasión, yo sé que él no huiría nunca aunque fuera lo único que pudiera hacer.

La respiración del capitán se vuelve más tranquila y la presión de su mano es más suave. No sé si está muriéndose ya o si se está recuperando. Levanto los ojos buscando a la bruja, la vieja mujer envuelta en telas negras que se acerca lentamente. Trae viejos remedios que no sirven de mucho pero calman el dolor, y musita leves encantamientos que a mí me parecen que aceleran la muerte. El resistirá el dolor, le digo, para que aproveche sus ungüentos en el resto de los heridos, pero la mujer sonríe y las arrugas de su rostro se multiplican. No es la misma que me vendió el hechizo que ocultaba el agujero en la empalizada, aunque todas se parecen mucho. Podría equivocarme. La miro otra vez, pero no noto que me reconozca.

Se marcha y siento impotencia. Camina unos pasos y el bulto informe de andrajos negros vuelve a agacharse sobre otro herido con la misma sonrisa en los labios. La contemplo unos minutos antes de notar que la presión de la mano del capitán se ha relajado. Me ha soltado. Lo miro y compruebo que tiene los ojos abiertos y me está mirando.

No sé cuanto tiempo lleva así, mirándome fijamente, como si yo fuera un fantasma. Tal vez lo soy, en cierto modo. Su mano cuelga lacia del costado, como si le hubieran abandonado todas sus fuerzas. Me acerco y lo llamo: Señor, capitán, susurro en voz baja preguntándome si puede oírme, o si me reconoce. Sus labios tiemblan, intentando decirme algo. Me acerco más, para poder entenderle, son apenas dos sílabas que tartamudean en sus labios: Te vi. Te vi. Te vi.

Cierra los ojos y el eco de sus palabras resuena en mi cabeza. Lo hará durante mucho tiempo. Sobrevivirá. Lo noto. No podrá andar, quizás, la cicatriz que cruza su rostro permanecerá para siempre. Pero sobrevivirá y él es el capitán. Tomará las decisiones a partir de ahora. Es lo que he estado deseando durante estos tres días. Se llevará bien con todos. Sabrá lo que hay que hacer. No tendrá dudas, ni miedos. Yo no tendré que pensar.

Y, quizás, la próxima vez que abra los labios pronunciará la palabra que ahora no ha podido. La palabra que me marcará el resto de mi vida. Y se lo contará a los demás. O tal vez no lo haga, y sólo la lea cuando lo mire a los ojos. Tal vez comprenda que ya no hay ningún sitio a dónde ir, que tendremos que caminar juntos por la orilla de este nuevo mar hasta que encontremos un lugar donde poder quedaros, donde sobrevivir. Y aún entonces tendré dudas, y él lo sabrá. Porque ya me fui una vez y puedo volver a hacerlo. Si no me voy es por miedo, si me vuelvo a marchar será por miedo.

Su boca sigue murmurando en silencio las mismas sílabas, o eso me parece a mí. Hubiera preferido que lo dijera claramente, que me llamara por el nombre que merezco, me lo he ganado aunque haya vuelto. Pero no lo hará, no lo dirá nunca. En realidad no hay diferencia. Aunque no lo pronuncie lo oigo en mi cabeza. Desertor. Desertor. Desertor.Torcas se acerca de nuevo. Hay cosas que hacer, él no se ha sentado a velar a su familia enferma. Así que me levanto y le sigo. Cada vez toma él más decisiones, pero siempre me pregunta primero. Hay que hablar con los bárbaros, me dice, ellos nos contarán como están las cosas por el oeste. Desde aquí solo vemos barro, pero las cosas pueden ser distintas más allá. Tal vez ellos sepan hacer barcos, me dice, esperanzado. Tal vez, tal vez. Pronto llegará el momento de arriesgarnos. Al menos estamos vivos, me dice, hemos tenido suerte. Yo miro la desolación en la que nos encontramos y no estoy tan seguro, pero asiento con la cabeza. Dejo que hable él. Es más fácil. Se calla cuando estamos frente a los bárbaros y se queda un paso detrás de mí. Su tierra sagrada se ha convertido en un mar sagrado y lo miran con desconfianza. No querrán cruzarlo. Nos cuentan como su pueblo ha quedado sepultado en ese mar que ruge furioso. Se quedarán. No tienen ningún sitio al que huir.

Nosotros tampoco.

El este parece la mejor opción, las colinas aún parecen firmes a lo lejos. Será un camino duro y no quiero tomarlo. Esperaré a que despierte el capitán. El nos dirá qué hacer. Ahora puedo cerrar los ojos un momento, dejar de pensar. Torcas se ha sentado a mi lado, y contempla el mar. Tú también me viste, pienso, tú también lo sabes.

-Algún día, cruzaremos el mar e iremos al norte –me dice.

Yo no añado que tal vez no haya norte, sino solo un mar eterno sin final. El me diría entonces que estamos en la orilla, que hemos tenido suerte, que hemos sobrevivido. Que encontraremos pronto tierra seca donde volver a cultivar. Y yo asentiría y cerraría los ojos de nuevo, porque no es justo que mate su esperanza sólo porque yo no la tengo. Y, por primera vez en tres días, intentaría dormir.

martes, 21 de julio de 2009

Perder un Objeto

Aswarya (chamán, Conan) ha perdido su cinturón de huesos. Despertó después de una larga lucha y ya no rodeaba su cintura. De repente fue como si perdiera la razón de su existencia, era tan hermoso eso de poder llevar a todos tus muertos contigo. Ahora Aswarya tiene que enfrentarse a la pérdida. Ya no le queda el consuelo de pasear entre las almas de la gente que amaba. Ahora está realmente sola en un mundo hostil que no la comprende.




Con el cinturón de huesos ha perdido algo más que un objeto, el cinturón era el lazo que la ataba a su pasado, a sus recuerdos. Ahora no tiene más remedio que mirar hacia adelante.

Xhiara (espadachina, RO) perdió su capa. Era un regalo de su maestro, un símbolo de que la consideraba ya una alumna aventajada. La capa para Xhiara era su orgullo, la confianza en sí misma y en sus posibilidades. Perder la capa en una pelea en la que fue derrotada fue un golpe más duro a su orgullo que todas las heridas que recibió. No importaba que la maldición que llevaba encima hubiera sido impuesta de forma injusta, ella habría tenido que sobreponerse a ella y demostrarle a Tempus su fuerza y su valor. Perder la capa le hizo tener más respeto a los dioses y puso de relieve que la seguridad de la que presume no es tan grande como ella desearía.

Perder es siempre símbolo de fracaso, simbolo de que algo se ha hecho mal, que las decisiones han sido equivocadas... o quizás no lo es, quizá es sólo una prueba más que tiene que superar el personaje. Algo que lo hará crecer de forma distinta a como habías pensado, pero eso es lo interesante, que las cosas no sean siempre como las piensas.

Sin embargo hay que sentir el dolor, hay que sentir el fracaso, las cosas no siempre salen bien. Xhiara sintió su orgullo herido y sus capacidades puestas en duda, posiblemente lo que más daño podía hacerle. Aswarya siente el dolor de la pérdida definitiva, una pérdida que habia estado aplazando. Ella salvó a Lucos, arrancó una víctima a la muerte y ahora la muerte la obliga a pagar un precio. ¿Ha merecido la pena? Ahora mismo ella no lo sabe.