
sábado, 26 de diciembre de 2009
[Trasfondo] Siobel uth Borg

martes, 22 de diciembre de 2009
[Reseña] Un año de palabras
Un año de palabras es algo más que una recopilación de relatos, en este libro está plasmado todo un año que Nachob (Ignacio Becerril) nos dejó compartir con él.

jueves, 17 de diciembre de 2009
[Recursos]Escaleras

sábado, 12 de diciembre de 2009
[Relato] El baile
Sus ojos eran dos ascuas de fuego ardiendo. Parecían brillar en la noche. Furiosos. Llenos de un deseo que invadía cada centímetro de su ser. Se sentía furioso por sentirlo, por creer que las cosas habían cambiado. La ausencia no había servido de nada y le dolía. Le dolía no haber podido olvidarla.
Neal temblaba cada vez que sus ojos se cruzaban con los de ella. Temblaba pero no de miedo. Ni de odio, aunque intentaba hacerse creer a sí mismo que esta era la emoción que lo embargaba. ¿Podía ser amor? No quería aceptarlo, quería llamarlo deseo, pasión. No es tan sencillo a veces engañarse a uno mismo.
Un capricho, había dicho su hermana con una sonrisa sardónica en los labios. Una estupidez, había dicho su madre, con altanería, añadiendo que ella nunca estaría a su altura. Su padre había permanecido en silencio, sin decir nada, aunque a Neal le pareció que bajo su adusto bigote sonreía.
La noche era cálida y Neal había bailado con todas. Con todas menos con ella. Los rizos rubios le caían en cascada por la espalda. El vestido era más azul que el cielo y la sonrisa que iluminaba su rostro no estaba dirigida a él.
-Aún la amas -su hermana le había cogido del brazo y había conseguido que desviara los ojos de la hermosa joven que era el alma de la fiesta-. Te despreció. Te rechazó. Te dejó en ridículo delante de todos. Pero aún la amas.
-No quiero amarla -la voz de Neal sonaba furiosa, escupía las palabras más que las pronunciaba, enfadado consigo mismo por lo que sentía y porque era tan evidente para su hermana-. No quiero, de veras, pero no sé cómo dejar de hacerlo.
-Ella nunca te perdonará -la voz de su hermana sonaba dura, pero la mano que ceñía su brazo era cálida, comprensiva. Neal se deshizo del contacto con un gesto.
-Cierto. Ella nunca me perdonará.
Neal se alejó de la pista de baile y se sirvió un cumplido whisky. Lo bebió con parsimonia, dejando que el fuego del licor se fundiera con el que le corría por las venas. Sabía que iba a sufrir al volver a verla. Todos aquellos años alejado de ella no habían hecho más que idealizar su recuerdo. La había dejado siendo poco más que una niña, una adolescente que se abría al mundo con valentía y coraje. Seguía siendo valiente y dulce a la vez, y mucho más hermosa. Miles de jóvenes la rodeaban, se deshacían en cumplidos con ella, la adoraban. Se casaría con alguno de ellos y él tendría que verlo. Neal terminó su copa de un trago y se armó de valor. Se cubrió con un escudo de indiferencia. Un escudo que cualquiera podría hacer añicos como si fuera de cristal, pero que era el único que tenía. Sus pasos atravesaron el salón de baile sin que supieran a dónde se dirigía. La copa vacía en su mano había dejado de temblar.
Ella estaba tan cerca. Oía su risa. Su voz aguda vibrando en el aire. Uno de sus admiradores salió del círculo para ir a traerle un poco de ponche. Neal aprovechó el hueco para adentrarse en el círculo, como si todo hubiera sido por casualidad.
Se miraron. En ningún momento de la noche habían estado tan cerca, tan solos a pesar de la gente que los rodeaba. Los reflejos del fuego en los ojos de Neal se hicieron más brillantes. La sonrisa de Claire desapareció de su rostro.
-Neal -murmuró ella.
-Claire -la saludó él, tragando saliva antes de continuar-. ¿Quieres bailar?
Ella bajó los ojos, quizás recordando pasadas humillaciones, quizás preguntándose qué tendría él esta vez escondido en la manga.
Neal esperó un segundo que se le hizo eterno.
-No, Neal, gracias. Mejor no.
Lo dijeron sus ojos antes de que las palabras salieran de sus labios. Ojos líquidos como el agua del mar. Había una súplica en ellos y Neal apartó sus ojos de fuego para dejarla pasar.
La contempló mientras se alejaba, rodeada de sus admiradores solícitos, alguno miró hacia atrás, hacia donde él se encontraba, con un gesto de triunfo. El fuego subió por los hombros y coloreó sus mejillas hasta hacerlas arder.
Le rechazaría. Le rechazaría una otra vez. Lo sabía. Sabía que nunca lo perdonaría, pero no podía dejar de amarla.
II. El OTRO LADO
Claire hubiera preferido no estar allí. Sonrisas huecas de gente que apenas conocía, que no la aceptaba del todo. Jóvenes que la buscaban porque era una rica heredera y no porque la conocieran. No sabían quién era. No sabían qué la hacía reír ni qué la hacía llorar. ¿Había alguno de ellos, en aquel salón, que lo supiera? Claire podía pasear entre ellos envuelta en seda azul y no encontraría a nadie. Ninguno la conocía.
Ella estaba allí por el orfanato que estaba intentando ayudar. Sus sonrisas se convertirían en donativos de todos aquellos satisfechos ricos, sería una carrera universitaria para Tommy y sería el carísimo tratamiento de un doctor alemán para Peggy. Eso la hacía sonreír, pero si hablaba de los niños a cualquiera de sus acompañantes sólo encontraba gestos difusos. No les importaba. No la escuchaban. Risas y sonrisas. Baile, música y ponche. Era mejor dejarse llevar. Disimular que era un pez fuera de su estanque.
Su hermano estaba lejos, en uno de sus largos y extraños viajes. ¿Negocios o huída? Claire nunca lo sabía. Tal vez las dos cosas. Tal vez ninguna. Ella aceptaba la responsabilidad igual que lo hacía él, con una sonrisa en los labios y el deseo de escapar pronto de allí en la cabeza. Sonrió a los jóvenes que la rodeaban, bailó con ellos. Ninguno de ellos la conocía. No sabían que lo que quería era salir de allí, trepar al más alto árbol del jardín y nadar en el lago a la luz de la luna. Ninguno de ellos quería conocerla realmente.
Vio cómo Neal se acercaba a ella. Llevaban años sin verse, desde aquellos amargos días donde ambos eran adolescentes y él había intentado imponerle su amor sin importarle que ella no sintiera lo mismo. A Claire no le gustaba guardar rencor. No lo odiaba. Aquella parte de su vida había quedado atrás y lo que importaba esa noche era su obra benéfica. Quizás podían empezar de nuevo. Quizás las cosas fueran distintas ahora que ambos habían crecido.
Neal se acercaba y sus ojos la miraban fijamente. Claire se dio la vuelta y dejó que sus admiradores la rodearan, cubriéndose con ellos, alejándose de esa mirada que la había perturbado en una noche aparentemente perfecta. Podría haber ido a su encuentro y saludarlo, ella era la anfitriona y él un viejo amigo de su hermano, pero no quería hacerlo. El pasado no estaba enterrado, lo había visto en los ojos de Neal. Claire no quería recordarlo, no quería que se acercara.
El estaba allí. Había traspasado el escudo de sus admiradores y estaba delante de ella. Sus ojos parecían estar ardiendo, consumidos por un fuego interior, y a Claire le pareció que si seguía mirándolos podría perderse entre las llamas. La voz de él sonó ronca, como si surgiera de muy dentro, la de ella tímida e insegura. El pasado se erguía ante ellos como un muro que él intentaba saltar y detrás del que ella se escondía. Claire se preguntó si le guardaría rencor todavía. Si la odiaba.
-Neal –consiguió murmurar, a modo de saludo.
-Claire –la saludó él.
Un leve saludo, un reconocimiento. No hacía falta más. Todos los que la rodeaban sabían que eran viejos conocidos, quizás debería haber dicho algo más, pero Claire no sabía qué.
Neal tardó un par de segundos en volver a hablar. Inseguro y decidido a la vez. Su mano apretaba con fuerza el vaso vacío que llevaba en la mano. Cubitos de hielo se deshacían rápidamente. A Claire le pareció que Neal era lo único real de todo cuanto la rodeaba.
-¿Quieres bailar?
Una pregunta inocente. Una petición que había oído mil veces esa noche. Había dejado que manos extrañas la condujeran por la pista de baile. Se había dejado llevar por ellas. Neal apretaba con fuerza el vaso y las venas se marcaban en sus dedos tensos, pero Claire tenía la mirada prendida en sus ojos, que no parecían querer soltarla. Dudó. Vio en ellos que él no había olvidado. Le resultó imposible contestarle mirándole a los ojos así que los bajó.
-No, Neal, gracias. Mejor no.
Se alejó de él rápidamente, sin intentar que la sonrisa de circunstancias adornara sus labios. Se alejó, y dejó que sus admiradores la rodearan de nuevo. Alguien le trajo una copa. Claire se volvió a medias y miró hacia atrás. Neal seguía en el mismo sitio, mirándola. Neal la conocía. Sabía cómo hacerle daño.
Sus miradas se cruzaron de nuevo, en la distancia. Claire vio cómo la mano de Neal apretaba el vaso con tanta fuerza que el cristal se hizo añicos entre sus dedos. El seguía mirándola, como si no se hubiera dado cuenta. Claire bajó la vista. No tenía que decir nada. El la conocía. Una gota de sangre cayó sobre los cristales rotos.
martes, 8 de diciembre de 2009
[Reseña] Que el cielo la juzgue
viernes, 4 de diciembre de 2009
[Relato] Ceniza
Nadelle oyó las palabras que se abrían paso hasta su abotargado cerebro, movió la cabeza para indicar que no, que estaba despierta, que los escuchaba. Parpadeó intentando abrir los ojos y cuando lo consiguió los vio a los dos. Licos estaba arrodillado en el suelo, junto a ella, nervioso. No dejaba de mover las manos aunque no se atrevía a tocarla. Xleiros no había cruzado el círculo de ceniza y permanecía de pie, más contenido que su compañero.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Calabazas
Hoy llevaba un día espantosamente horrible, mucho más horrible de lo habitual. Llegué a casa muy tarde, cansada, deprimida, encendí el ordenador, eché un vistazo a ver si había salido ya el resultado del Calabazas y sí, ahi estaba yo, en medio de la lista.
Me sorprendí mucho, no me lo esperaba, lo leí varias veces porque no me reconocía, estoy tan acostumbrada al nick que el nombre real no me parece el mío, pero lo era. Y era el título de mi relato. Era yo.
Este fue un relato al que le di muchas vueltas, lo reescribí varias veces sin llegar a estar completamente convencida de que estaba bien. Incluso estuve a punto de no mandarlo, es curioso como un relato del que me he sentido tan insegura ha llegado a gustar mientras que otros que me han dejado más satisfecha no han llamado la atención. Me pasó lo mismo con el relato que quedó finalista en el concurso de los Espejos de la Rueda, otro relato que no me terminaba de convencer y que también gustó. Desde dentro se ven las cosas distintas a como se ven desde fuera.
Me siento ahora mismo como una nube, feliz, he hecho algo que ha merecido la pena. No sé si puedo colgar el relato o no, lo preguntaré. Tengo pendiente de todas formas colgar el del TDL, intentaré actualizar pronto.
Gracias a los que estáis por aquí y me léeis.
lunes, 16 de noviembre de 2009
De críticas y fracasos
domingo, 15 de noviembre de 2009
[Relato]¿Por qué llora Medusa, La Gorgona?
martes, 3 de noviembre de 2009
[Relato] El vino de Hargoth
Sabía que tenía que irme pero no quise hacerlo mientras él tuviera los ojos abiertos y buscara mi mano que estaba mucho más caliente que la suya. La comadrona puso a calentar unas hierbas y yo la dejé hacer, tranquila, porque sabía que pasara lo que pasara yo no iba a morir.
Me sentía fuerte, como antes de que aquella horrible enfermedad comenzara a acosarme, pero disimulé y dejé que la mujer me llevara en brazos hasta las roídas mantas que había dispuesto en el centro de la habitación. El humo de las hierbas relajaba mis sentidos y espantaba a las ratas. La comadrona dispuso pequeños cuencos con hierbas ardiendo en torno a la manta y acercó dos de ellos a mi cabeza. Aspiré el intenso aroma y miré el cuello de la mujer, oculto entre anillos de grasa. Me sorprendía que pudiera ser tan fuerte pero ella no lucía ningún medallón en su cuello. La mujer simplemente miraba codiciosamente el mío.
Llevaba semanas luchando con la fiebre y mi cuerpo se había consumido hasta parecer de cristal. Aquella mujer me cogió entre sus brazos como si yo fuera una muñeca rota y sólo mi vientre hinchado parecía escapar de la cadavérica imagen de la muerte.
-No es cierto -me dijo-, tu vientre también está muerto, no sobrevivirías al parto.
Miré hacia la cama. Él se había quedado quieto. Murmuré su nombre y volvió la cabeza, mirándome con aquellos ojos oscuros que todavía podían hacerme temblar, intentó sonreír, darme confianza, pero sus labios resecos solo consiguieron fingir la mueca. Yo sabía que estabas vivo, eras lo único vivo que sentía dentro de mi, lo único que me ataba a mi anterior existencia, lo único que me recordaba que no siempre había llevado el símbolo de Morgion en mi garganta.
El dios no reclamó tu vida. Se la hubiera dado con gusto pero no la pidió. Era otra forma de hacerme estar en deuda con él. No, pensé, pagué y pagaré por mi vida, no por la de mi hijo. Con cuidado, acerqué mi mano hasta el cuerpo de la comadrona que extendía su instrumental a mi lado. Fue la primera vez que lo hice, mi primera vez. La rocé con uno de mis dedos y murmuré una plegaria a Morgion. Sentí el poder del dios en mi interior y me sentí poderosa y fuerte. Supe entonces que nunca me arrepentiría de mi decisión.
Eras una masa informe, rodeada de coágulos de sangre y con el cordón umbilical enroscado en torno a tu cuerpo. La comadrona lo cortó con el mismo cuchillo y te dejó en el suelo, a mi lado, para cerrar sin demora la herida abierta.
Mi cuerpo no hubiera soportado un parto, decía ella, pero quizás tampoco soportaría la brutal herida que me había inflingido. Te miré con odio. Me habías destrozado, habías consumido mi cuerpo tanto como la enfermedad, te habías alimentado de él y me habías dejado seca. Incluso te habías llevado la sangre que me quedaba al salir de mi. Y, sin embargo, estabas vivo.
Sentí el tirón en mi cuello cuando intentó arrancarme el medallón. Sentí un dolor mucho más intenso que cuando tenía las entrañas abiertas, era un dolor que atravesaba el alma y que me hizo reaccionar. Con una fuerza que a mi misma me sorprendió agarré la mano de la mujer y la retorcí hasta romper los dedos que atrapaban el sagrado símbolo que me había salvado la vida. De un manotazo la empujé y la oronda comadrona perdió el equilibrio y cayó, haciendo temblar el viejo suelo de madera bajo su peso. Tú empezaste a llorar. Yo me levanté y la sangre que aún goteaba de la herida resbaló por mis piernas formando caminos que se extendieron al suelo.
Quemaba. La sangre quemaba y yo cogí la cabeza de la comadrona y restregué su rostro contra mi vientre hasta que las quemaduras la hicieron gritar. Empecé entonces a entonar un cántico que no sabía que conocía, mi garganta estaba tan seca que salió como un estertor, las palabras no eran mías aunque las estaba pronunciando, el medallón emitía un brillo amarillento, enfermizo. La voz del dios habló por mi.
La solté y la dejé llorando en el suelo. Me volví a buscarte, mi pequeño hijo maldito, tan pequeño, no pesabas nada, te recogí y te llevé a la cama donde tu padre agonizaba entre sudores y pesadillas.

En su rostro, bajo la piel quemada, se veían ya las señales de la peste. En sus manos, sus brazos, en todo su cuerpo la fiebre comenzaba a estremecerla. Ella sabía lo que le estaba pasando. Llevaba demasiado tiempo combatiendo la enfermedad para no reconocer sus signos. Gritó y me llamó maldita. Pero ella no se postraría en una cama, no agonizaría durante días. Moriría en cuestión de horas entre dolores atroces, el tiempo suficiente para que sufriera, el tiempo justo para que yo pudiera verla morir.
Intentó escapar, salir por la puerta, como si al salir de la casa pudiera escaparse de la mano del dios. Vi como se desplomaba junto al umbral, llorando, mientras su cuerpo robusto se consumía y su piel se desprendía ante sus ojos.
Morgion estaba complacido. Tu padre, cansado por la fiebre y el dolor, se sumió en un sueño tranquilo. Tu dejaste de llorar. Tu padre había cerrado los ojos y yo miré los tuyos buscando su sombra en ellos. Pero tus ojos son dos saetas verdes, como los míos, y no vi el reflejo del calor de tu padre en ellos.
Me miró.
Te miró.
Te miró y yo te odié.
Salimos de la casa aquella misma noche. Te envolví en trapos y nos fuimos de allí. Te dejé en medio del camino. No me importaba saber si alguien te encontraría o no. Tú destino no era el mío. Te di la única herencia que podía darte, la señal de Morgion. No morirás como murió tu padre. Era lo único que podía hacer por ti.
No te pareces a él. Te pareces a mi. Eso me da miedo. No esperaba encontrarte de nuevo. En mi interior, deseaba que hubieras muerto. Despiertas recuerdos que ya estaban dormidos y, sin embargo, no puedo evitar venir a verte, aunque tú no sepas quien soy ni lo sabrás nunca.

Picasso - Copa Verde
jueves, 15 de octubre de 2009
El Ritual de Calistria
Mi personaje en la partida La Maldición del Trono Carmesí, Fahleena (noble1/clériga10 de Calistria) ha recibido una maza bendecida por dos diosas: Desna y Pharasma. El personaje desea que la diosa a la que sirve también le otorgue su bendición a la maza, para ello realiza un ritual que tiene como finalidad conseguir que la maza tenga la apariencia de un látigo, que es el arma de Calistria. Además la diosa (a través de nuestra maravillosa y generosa master) le concedió también a la maza la propiedad "Vengadora". Os dejo aquí el ritual.
La contempló un momento, un rayo de sol se colaba por las rendijas de las ventanas cerradas y la iluminaba. Los acólitos terminaron de encender las velas y se acercaron a su lado, uno de ellos le tendió la máscara de cera. Fahleena la sostuvo entre sus manos mirándola.

Siempre había honrado los tres aspectos de Calistria, tanto el ardor del deseo erótico como el ardor de la venganza habían latido en ella alguna vez. Eran sentimientos que la encendían y aceleraban su corazón. El engaño en cambio era más amable, era el deseo de no hacer daño, de hacer feliz a la gente haciendo que oyeran lo que deseaban oír. Cubrió su rostro con la máscara de cera.
-La verdad duele demasiadas veces. Yo misma no soy capaz a veces de mirarla a la cara. Es mejor olvidar lo que hace daño, engañarse pensando que no existe el dolor. Yo lo he hecho durante un año, hasta que vi el espíritu de Zhanas delante de mí, pero me sigo poniendo la máscara para decir que he olvidado y que no echo de menos mirar a los ojos a alguien que me quiere.
Fahleena se quitó la máscara, sus manos no temblaban. La colocó sobre la maza, uno de los acólitos encendió una vela y la puso sobre la mesa, la avispa daba vueltas ahora alrededor de la llama.
El humo había llenado la habitación, las velas se consumían, los roces casuales de los acólitos se habían convertido en manos atrevidas que la excitaban, la avispa zumbaba ahora a su alrededor, la plenitud espiritual se alcanza a través del cuerpo, pero a través del goce y no del ayuno ni del dolor.

-La diosa te ha bendecido, debemos honrarla.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Amanecer

Cuando George llegó hasta él, vio a su joven amo sucio y desaliñado; con la cara manchada de tierra, el pijama desgarrado y el cabello enredado entre las hierbas del bosque. Parecía surgir de la misma tierra, ser parte de ella, mientras que los zapatos de George eran dos agujeros negros que aplastaban las flores.
-Señor ¿Estáis bien? Os hemos estado buscando toda la mañaña. ¿Qué hacéis aquí?
Albert no estaba dormido pero no abrió los ojos. Sentía la sombra de George encima de él, tapándole la luz del sol. La sombra, la responsabilidad, el futuro. No sé en qué pensaba pero, tal vez, puedo entenderlo.
Albert abrió los ojos y miró a George sin moverse. Sus labios se entreabrieron para contestar y murmuró:
-Sueño.
Sol LeWitt
lunes, 21 de septiembre de 2009
[Rol]La muerte de Luana

He muerto. Lo sé. Los golpes ya no me duelen... ni siquiera sé donde estoy ahora. La habitación ha desaparecido y floto en la nada, sin cuerpo, el alma desnuda que todavía busca ese cuerpo del que la han arrancado.
Creí que tenía todo el tiempo del mundo y ahora estoy muerta. Todo se ha quedado a medias, he fallado al círculo druídico que confiaba en mi, al bosque que dependía de mí. Un pobre perro cojo y apaleado ¿qué será de ti ahora? No me preocupo por Sotty, valiente tejón que me ha acompañado siempre, Sotty sabe cuidarse solo.
lunes, 10 de agosto de 2009
[Reseña] Cosecha Roja - Dashiell Hammett
El viñedo rojo -Van Gogh